Teresa Romero: “Supliqué que me ayudaran a morir”

“Mis pulmones estaban empezando a fallar, sentía que me ahogaba y me costaba respirar, era una situación de agonía […] Entraron dos compañeros para aumentar el caudal de oxígeno. Les miré y les supliqué que me ayudaran a morir“. Así recuerda Teresa Romero el peor momento de su lucha contra el ébola, cuando, ingresada en el Hospital Carlos III de Madrid, pensaba que correría el mismo destino que Miguel Pajares y Manuel García Viejo, los dos religiosos repatriados desde África.

Recoge su testimonio un artículo publicado en el último número de la revista ‘Enfermería Clínica’ en el que, Alicia Cerón, Rafael Jiménez y Ana María Gómez-Campos, de la Unidad de Aislamiento de alto nivel del Hospital Universitario La Paz-Carlos III, repasan los cuidados de enfermería que se llevaron a cabo en el que fue el primer caso de enfermedad de virus ébola adquirida fuera de África.

“Sentía que la muerte me acechaba, un ente apoyado en mi hombro me esperaba tranquilo. Algo que no se puede explicar con palabras. Todavía hoy en día no sé cómo pude salir de ahí“, rememora la auxiliar de enfermería en un relato sobre sus vivencias durante los 30 días que permaneció ingresada -25 de ellos en aislamiento estricto- en el centro madrileño.

Su primer recuerdo es del 7 de octubre de 2014, a las 02:00h de la mañana, cuando es trasladada desde el Hospital de Alcorcón hasta el Carlos III, y recorre el mismo trayecto que ha hecho miles de veces, “desde la entrada hasta la sexta planta”, pero esta vez como paciente y no como trabajadora del centro.

“Iba en posición decúbito supino, vestía un buzo blanco que me cubría todo el cuerpo, unos guantes y una capuza. Apenas podía respirar en tan pequeño habitáculo”, señala. “Era un momento muy angustioso”, continúa, porque “iba empapada en mis propios fluidos” y “sentía humedad por todas partes”.

Desde el inicio de su relato, Teresa Romero, no tiene más que palabras de agradecimiento para los compañeros que la atendieron: “Te recuerdo bien, me atrevo hasta a ponerte una cara de mujer: joven, morena, de profesión enfermera o médico (no sabría precisar), estabas sentada junto a mí, apestábamos las dos a lejía; me mirabas con mucha preocupación y yo te miraba a ti y me sentía acompañada”, relata la auxiliar de enfermería.

Un año después del alta (el testimonio se recoge en diciembre de 2015), Romero no ha olvidado las voces de tres compañeros que la recibieron a su llegada al ala norte del hospital y en especial la frase de ánimo que uno de ellos pronunció: “Teresa, venga para adelante, que este fin de año tenemos que cenar juntos”.

Apoyo

De hecho, a lo largo de su testimonio la auxiliar de enfermería subraya en varias ocasiones la importancia que para ella tuvo el apoyo de sus compañeros de trabajo durante todo el proceso. “Infundir esperanza fue la tónica de esa noche y de los días sucesivos. Quiero creer que fue la llave de mi curación”, remarca.

Tampoco ha olvidado la habitación que la acogió y en la que permanecería 25 largos días: la 6008. “De repente y como en un abrir y cerrar de ojos, me veo en una habitación oscura, sin información alguna de lo que estaba sucediendo, sentada en una cama que no era la mía, atormentándome y preguntándome continuamente qué es lo que me había llevado hasta allí. Era inevitable pensar en los dos pacientes con ébola repatriados de África que había atendido y su triste final. Me veo en el mismo destino, el pánico se apodera de mí, no quiero dormir, sentía que si lo hacía ya no volvería a despertar”.

Al día siguiente del ingreso, el 8 de octubre, el avance de la enfermedad ya es palpable y la auxiliar siente que la vida se le está yendo. “Me faltó una línea, la cruzaba y fin…”. Es entonces cuando suplica a sus compañeros que la ayuden a morir.

A partir de ese momento, los recuerdos se borran. “Al estar dormida, la mayor parte del tiempo no soy consciente del dolor, angustia y miedo que en ocasiones se tornaba auténtico pánico”, detalla Romero. Y subraya: “Aún hoy después de un año tengo pesadillas”.

En los “pequeños ratos de lucidez” que experimentaba, la mujer de 44 años intenta centrarse en poder salir de esa habitación: “El resto del mundo no existía, solamente era yo luchando por sobrevivir”.

En un brazo, una bomba de perfusión le aportaba morfina para paliar el dolor y, en el otro, una vía le suministraba el suero de la religiosa Paciencia Melgar, que había logrado sobrevivir a la infección dos meses antes en Liberia. El suero de supervivientes fue uno de los tratamientos que se utilizaron para intentar plantar cara al virus que, en el último brote, provocó 11.323 muertes y 28.646 infecciones.

Otra de las armas que, en el caso de Romero, se emplearon frente al ébola fue el antiviral favipiravir, un fármaco experimental que se administra por vía oral y cuyas dosis Romero esperaba especialmente. “Me gustaba mucho tomarlo porque tenía buen sabor y como iba disuelto en agua y pasaba mucha sed, ansiaba el momento de tomarlo”.

En los recuerdos de Teresa, hubo un día en que “todos los factores se alinearon” para “sacar al ébola” de su cuerpo. Para ella, fueron “factores condicionantes” para superar la enfermedad “infundir esperanza; dar cariño y positividad; poder comunicarme; no sentir dolor; no sentir emociones negativas; poder respirar, poder dormir; disponer de tratamiento antiviral y suero de convaleciente, pero esto puesto en duda si es realmente efectivo en la enfermedad”.

Hacia la curación

“Después de un largo sueño despierto en la cama en la posición decúbito lateral derecho, encontrándome mucho mejor, habiendo dejado atrás esa etapa de desesperanza que se me presentó sobre todo por la necesidad de poder respirar y por la sed”, rememora Romero.

Es en ese momento cuando dos pruebas consecutivas -PCR- confirman que el organismo de Teresa Romero ha vencido al virus. La etapa que “podría citarse como la más feliz” es, sin embargo, también la que “más contradicciones emocionales” tiene para Teresa Romero.

“Puedo recordar como si de ayer mismo se tratara, cómo dos compañeros médicos vestidos con el EPI [traje de protección] me comunicaban el resultado negativo de las PCR, y yo, lejos de alegrarme por tan esperada noticia, rompo a llorar por el recuerdo de mi perro, ejecutado por las autoridades sanitarias el 8 de octubre de 2014”.

La auxiliar vuelve a tener comunicación con su familia, se le anuncia que pronto saldrá del aislamiento, aunque el momento se retrasa unos días más. Y Romero, que se va encontrando mejor y puede volver a comer y asearse por sí misma, se mira por primera vez en el espejo del baño y se encuentra “muy delgada y demacrada, con claros signos de haber padecido una grave enfermedad”.

Y, por fin, llegó la esperada frase: “Teresa puedes salir hoy” (El 1 de noviembre salió de la habitación de aislamiento y el día 5 recibió definitivamente el alta médica). Sin duda, señala Romero, ese “fue uno de los momentos más alegres y emocionantes que recuerdo dentro de aquel calvario”.

“He sobrevivido para contarlo y sobre todo para poder compartirlo”, subraya la auxiliar, que sigue de baja recuperándose de la infección y recuerda que nadie, excepto otros supervivientes del ébola, pueden imaginar lo que vivió en aquellos días de octubre.

“Soy un alma inquieta, no me guían mis ojos, solamente el afán por descubrir”, concluye su relato la auxiliar en la revista médica, no sin antes alabar de nuevo el apoyo de sus compañeros, con los que ha desarrollado “un vínculo que hasta ahora no conocíamos”.

En la revista médica, Cerón, Jiménez y Gómez repasan los cuidados de enfermería administrados, así como las fases de evolución observadas a lo largo del proceso, registrando también las oscilaciones en el estado psicológico de la paciente.

Subrayan que, en el abordaje por parte del centro sanitario de los casos de ébola tratados en España -el de Teresa Romero y los religiosos Pajares y García Viejo- se produjeron 762 exposiciones por parte de 165 trabajadores y “sólo se produjo un contagio”.

Tras detallar cómo era el procedimiento para la colocación de los equipos de protección individual, el trabajo en la habitación de aislamiento -se procuraba no exceder los 20 minutos y dejar las tareas más sucias para el final- y cuáles fueron las intervenciones realizadas, los autores del estudio subrayan que para evitar contagios fue fundamental el trabajo en equipo y seguir las indicaciones del servicio de prevención de riesgos laborales.

En ese sentido, en las conclusiones del trabajo señalan que “es fundamental que se creen unidades especializadas para enfermedades altamente contagiosas con entrenamiento y formación periódicos”. Además, también consideran “primordial el manejo de la comunicación para prevenir la alarma social y la estigmatización del personal”.

fuente:http://www.elmundo.es/salud/2017/01/03/586b8dabca4741d1778b45c7.html

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