Teología de bolsillo

¿Quién me presta un borriquillo?…… por si el maestro lo necesita, que la jornada va a ser larga. Y, con las semanas que llevamos de peregrinación, estamos todos casi al límite. Pero contentos, muy contentos. Por fin, parece que se ha animado a poner las cosas claras en el pleno Jerusalén. En el mismísimo templo. Hay gente llegada desde Galilea y algunos de Judea que ya han oído hablar de él y de su anuncio del Reino de Dios, inminente. Claro que, últimamente, dice cosas crípticas; Pedro y algún otro que han tratado de hacerle ver que es la hora del triunfo, han recibido algo más que reprimendas. La verdad es que, recordando ahora todo lo que vivimos aquella primera semana santa, veo que todas las semanas son santas, porque, para sus seguidores, todo el tiempo está emborrachado de palmas y aplausos domingueros, de idas y venidas, charlas en el patio del templo y comidas en casa de amigos y de una merienda-cena inolvidable en la tardenoche del jueves. ¡Y el dolor de verlo en la cruz, pateado por tantos y solo consolado por tantas, y la vergüenza de haber echado a correr cuando había que dar la cara por él y por todos los crucificados que en la historia han sido! ¡Ay, la entrañada soledad de nuestros corazones, todo el sábado, cuando nos encerramos a llorar nuestras cobardías y, cuando comer lo que las mujeres preparaban, nos parecía una bofetada a su recuerdo ya enterrado! El bueno de Tomás agarró la puerta y se fue a llorar su desconsuelo, no supimos nunca a dónde. Hasta aquí, todas nuestras semanas tienen ilusiones por cambiar la historia, por mover las petrificadas voluntades de Dios, por hacer vida las visiones de los viejos profetas, con unas u otras palabras, con unos u otros amores, con… Y ¡cuántas desilusiones provocadas por el poder sobre las conciencias, por el poder sobre las economías, por el poder sobre los cerebros! Él siempre recordándonos que no se ha ido de nuestros corazones ni de nuestras comunidades. Pero se nos ha enfriado la calidez comunitaria y nos hemos quedado muy solos entre caminantes que, como nosotros, también preguntan por el sentido de vivir… Todas las semanas nos encontramos con la familia en casa, con los amigos en el bar, con los hinchas en el estadio y, aunque no hagamos meriendas-cenas extras, tejemos relaciones que buscan posibilitarnos la fe en que su cuerpo y su sangre siguen vivos en los nuestros. Igual que entonces, lo que vino tras el sábado no se puede decir como lo de la limpia del templo, la solemnidad del borrico callejeando hacia Jerusalén o la explosión de amor de la cena del jueves. Entonces tuvimos que crear lenguajes narrativos que despertaran en las almas la experiencia de necesitarlo, de encontrar la forma de comer con él un pescado fresco, la certeza de que no nos estábamos inventando una misión alocada que él no aprobaría, la esperanza en que no habría poderes que pudieran encerrarnos en la muerte para siempre. Lo que vivimos entonces sigue en pie ahora porque… tuvimos que dar el salto del afecto y la admiración a la fe en el Hijo y esa es una tarea interminada e interminable, que solo se va tejiendo a base de amores pequeños realizados, que son los nuestros. La semana terminó con una explosión de realidades inexplicables que pusieron patas arriba todas las lógicas habidas y por venir. También las de ahora. Pero, de esa Pascua que no debe faltar en ninguna semana de la vida, hablaremos otro día. Vivid una semana santa, como todas, con él viviendo entre nosotros. Buenos días

Fuente: UCSG

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