Salud

Cigarrillo electrónico, la alternativa al tabaco ‘ignorada’ que reduce los daños al fumador

Una legislación más restrictiva que en los países del entorno, indiferencia ante “la evidencia científica de la reducción del daño” respecto al tabaco o, quizá, una identificación total con éste. Sea por el motivo que sea, y aunque en otros países el vapeo se ha consolidado como una alternativa más para dejar de fumar, en España esta práctica aún se mueve en un terreno inestable, a medio camino entre el desconocimiento general acerca de su funcionamiento y una cierta desconfianza sobre sus cualidades, muy alejadas del cigarrillo convencional en cuanto a composición y efectos sobre el organismo.

El humo es una de las cosas que unen ambas prácticas, la más obvia. Pero es erróneo pensar en el vapeo como un cigarrillo 2.0, ya que realmente es más lo que los separa que lo que los une. En sentido estricto, incluso se puede decir que una persona hace cosas diferentes cuando toma en sus manos un cigarro tradicional y otro electrónico.

Ángel González Ureña (Roquetas de Mar, Almería, 1947), profesor Honorario del Departamento de Química Física Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid, es una de las figuras que más ha estudiado desde el método científico las características del vapeo. Se trata, por tanto, de una voz autorizada para establecer las que, a su juicio, son las dos diferencias fundamentales que separan fumar de vapear: «Por un lado, la sustancia empleada; por otro, que mientras vapear supone vaporizar un líquido calentándolo en torno a 300ºC, fumar implica calentar y quemar tabaco en torno a los 900-950ºC”. El líquido que usan los vapeadores, añade, «contiene alcoholes -propilenglicol y glicerina vegetal-, en muchos casos aromas y generalmente nicotina con distintas concentraciones».

Nicotina: el quid de la cuestión

La nicotina es el otro nexo entre ambas modalidades, ya que esta sustancia está en el eje de la adicción al tabaquismo. Sin embargo, «aun en el caso de que se use un cigarro electrónico que produzca por calada un vapor con la misma cantidad de nicotina que el humo producido por calada de un cigarro convencional, las diferencias señaladas justifican que la cantidad de sustancias tóxicas que contiene el humo del tabaco sea mucho mayor que las del vapor del cigarro electrónico«, explica González Ureña.

Y es que uno de los problemas asociados al consumo del tabaco es que, durante esa combustión también se ven envueltas sustancias especialmente nocivas para el organismo a medio y largo plazo, como ha quedado científicamente comprobado. Estas consecuencias afectan al fumador sobre todo, pero también a las personas que respiran el humo a su alrededor y que ‘comparten’ buena parte de sus efectos nocivos.

En los últimos años, el grupo de trabajo del profesor González Ureña ha venido desarrollando una línea de investigación relacionada con la calidad del aire y la polución atmosférica cuyo alcance también incluye la emisión de humos y aerosoles producidos por la combustión del tabaco, su calentamiento y los cigarros electrónicos. Una de sus últimas publicaciones, precisamente, examina este punto desde la óptica de la exposición a la nicotina.

Muchos medios resumieron aquel trabajo con un titular y un dato recurrente: el de que no existía la figura del «vapeador pasivo» porque el uso de estos dispositivos «es un 95% menos dañino que fumar» para ellos. O dicho de otro modo y de una forma más gráfica, «una persona tendría que estar rodeada de 700 vapeadores a un metro de distancia para recibir la misma exposición de nicotina que la procedente de un solo fumador de un cigarro convencional a la misma distancia de un metro».

Respecto a los aspectos nocivos, lo que justifica los titulares es precisamente esa minimización que se justifica en la distinta composición entre el líquido de vapear y el tabaco y la manera de ‘consumirlo’, que constituye «un concepto muy establecido no solo por nuestro grupo de investigación sino por muchos estudios a nivel internacional y además aceptados por organismos de diversos países».

El vapeo como alternativa para dejar de fumar

Uno de estos países a los que alude el investigador es Reino Unido, donde el vapeo forma parte de su plan antitabaquismo como una alternativa más. Allí, según Ángel González Ureña, cerca de tres millones de personas usan este método que, a la luz de los datos que maneja, «resultó más efectivo para dejar de fumar que la terapia de reemplazo de nicotina cuando ambos productos fueron acompañados por apoyo conductual».

Dado que su eficacia parece probada y que el daño que puede causar es mucho menor que el del cigarrillo convencional, preguntamos a este experto qué falla para que el vapeo no esté a la altura de otros métodos para abandonar el tabaquismo y no se tenga en cuenta desde organismos oficiales: «La situación apunta a la ineficacia de los métodos actualmente propuestos para dejar de fumar que, como muchos expertos señalan, no siempre funcionan. Por ello, y teniendo en cuenta que 52.000 personas mueren anualmente en España a causa del tabaquismo, no se entiende bien la reticencia de las autoridades sanitarias a probar nuevas fórmulas alternativas al tabaco de combustión como el tabaco calentado y los cigarros electrónicos», afirma.

Vapear, por tanto, ¿es un mal menor? «Nadie discute que lo mejor y lo óptimo es dejar de fumar. Eso es lo más sano», concluye, al tiempo que se pregunta si, más allá de lo considerado ideal, sea necesario plantearse «qué hacer con los que no pueden dejar de fumar o con los que las medidas alternativas actuales no les han funcionado. ¿Dejamos que sigan fumando y desarrollen con gran probabilidad cáncer de pulmón o se les ofrece una alternativa que no resulta tan dañina para el fumador y además representa un ahorro muy importante para las arcas públicas?», se lamenta este investigador.

Esta visión no solo la defienden desde su grupo de estudio, sino desde una amplia parte de la comunidad sanitaria -«especialistas pertenecientes a distintas áreas de la medicina como cirugía, psiquiatría, neumología y medicina preventiva»- que aboga por «vías alternativas al tabaco convencional para mejorar la salud pública en base a dos pilares: la evidencia científica de la reducción del daño de estos productos alternativos frente al consumo del tabaco convencional y, en segundo lugar, en la existencia de estudios que demuestran la eficacia del cigarro electrónico como alternativa al cigarro convencional», según explica González Ureña.

Una legislación restrictiva

No obstante, y pese a este esfuerzo por abrir nuevas puertas para la reducción del impacto del tabaquismo en la sociedad, hasta el momento «a nivel institucional y especialmente del ministerio de Sanidad», apunta, «no veo cambio sino más bien una constatación en no aceptar la evidencia científica de la reducción del daño, actitud que no termino de entender».

El aspecto legal también ha entrado en juego en este asunto. Actualmente, España tiene una legislación sobre tabaco y dispositivos para liberar nicotina especialmente restrictiva. El Real Decreto 579/2017, en su Título II (‘Dispositivos susceptibles de liberación de nicotina y envases de recarga’), regula y define todo lo relativo al uso y comercialización del sistema de vapeo, incluidos los cigarros electrónicos. Y entre las obligaciones que establece para fabricantes e importadores está la de tener que presentar la ‘receta’ del líquido de vapeo, de sus componentes y sus cantidades.

Este punto pretende aportar seguridad al consumidor, aunque no deja de asimilar el vapeo al cigarro tradicional, algo que, como ha explicado este profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, no deja de ser una incorrección por sus diferencias, que pueden explicar por qué a día de hoy no sea tenido en cuenta como alternativa para dejar el tabaco.

Este celo sí que tiene algo positivo: el control de calidad de los productos. Este mismo verano, varias personas fallecían en EEUU por causas poco claras que se vincularon al uso del cigarrillo electrónico. González Ureña, conocedor del caso, señala que las indagaciones hechas hasta el momento «apuntan no tanto a los efectos a largo plazo de los cigarros electrónicos, sino más bien al empleo del acetato de vitamina E usado para espesar el tetrahidrocannabinol -principal constituyente psicoactivo del cannabis- que se ha usado ilícitamente en los líquidos vapeados por los enfermos».

Se trata de una adulteración de los líquidos que, si bien por legislación es imposible que ocurra en nuestro país, deja una recomendación obvia: «Comprar los productos en establecimientos o distribuidores legalmente autorizados».

 

Fuente: elespanol.com

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