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Un país partido en dos: un nuevo libro analiza la victoria de Donald Trump

El país que lidera Donald Trump no es homogéneo y ofrece una clara separación entre los estados que se encuentran más cerca de las costas y aquellos del interior cerrado, cuyos votos fueron centrales para el triunfo del presidente.

Infobae reproduce un fragmento del libro de la periodista argentina Paula Lugones, «Los Estados Unidos de Trump» (Ariel), de reciente aparición, que se ocupa de este tema.

Donald Trump (Reuters)

Donald Trump (Reuters)

«David Johnson, 34 años, almuerza una ensalada en el Bryant Park de Manhattan, mientras trata de aprovechar algunos rayos del tenue sol de otoño. Es abogado y se nota por su fino traje de corte moderno que le va bien en el estudio donde trabaja.

Corre una hora todas las mañanas antes de ir a su empleo, practica meditación y acaba de venir de unas breves vacaciones en Londres. Dice ganar más de 100.000 dólares por año, es soltero, apoya el aborto, la marihuana libre y el matrimonio gay. Votó a Hillary Clinton y teme por el futuro del país con un presidente como Donald Trump, al que acusa de racista, xenófobo y abusador de mujeres.

A varios miles de kilómetros de allí, en Dallas, Texas, Rick Roberts, un conductor de radio local, ofrece a sus oyentes un pequeño monólogo en el que habla del temor al «caos» que reina en la nación, a la delincuencia «alarmante» y critica a los medios de Nueva York y a los «charlatanes ambientalistas». Dice que añora los días en los que todo el país hablaba en inglés y rechaza a los gays y travestis. Pide que vuelvan los empleos «para los estadounidenses» y un regreso de la fe en la vida pública. «Quiero recuperar mi país. Quiero que Estados Unidos sea Estados Unidos.
Ya no reconozco este país», clama.

Estas historias son parte de un fenómeno más profundo, un reflejo de lo que aquí se llama «las dos Américas» o los dos Estados Unidos, un país partido no solo en dos regiones sino más bien en dos mundos que viven muy cerca, en el mismo territorio, pero que casi no se tocan entre sí, se ignoran y hasta se detestan. Un abismo económico, social, cultural, mediático, religioso y de valores entre dos planetas cuyos habitantes se recelan y se rechazan. El ascenso de Trump al poder fue fruto de esa partición que se ha agudizado en las últimas décadas y que él supo comprender y aprovechar para transformarla en votos.

En las ciudades de las costas del Pacífico y del Atlántico está asentada la población más progresista del país. La mayoría vive en grandes centros urbanos como Nueva York, Filadelfia, Boston, Washington, Los Ángeles o Seattle, y sus vecinos constituyen un enjambre de habitantes de orígenes y culturas diversas. Allí se considera a la inmigración y a la globalización como una experiencia enriquecedora, no amenazante. En los alrededores hay algunas zonas rurales, pero incluso hasta allí gotea la influencia globalizada y multicultural de las megalópolis.

Un habitante de Nueva York es mucho más parecido a uno de Londres o París que a uno de Kansas u Oklahoma. Se interesa, por ejemplo, en que sus hijos estudien en los mejores colegios –que ingresen a una universidad de elite es tocar el cielo con las manos– y que desde pequeños aprendan varios idiomas, piano, violín o clarinete, porque está comprobado que la música desarrolla la inteligencia. Pero también es ideal que tomen clases de danzas o de programación de sistemas y que asistan a un curso avanzado de matemáticas que le dará ventajas para poder acceder al olimpo de la Ivy League, las ocho universidades que supuestamente llevan directamente al paraíso social y económico. Si el camino culmina tal cual lo planeado, ese chico o niña será un ejecutivo exitoso en algún banco, estudio jurídico, consultora o multinacional. O será un académico brillante.

(Getty Images)

(Getty Images)

Al neoyorquino –como al habitante de los grandes centros urbanos de las costas– le gusta viajar por el mundo, probar comida tailandesa, vietnamita o etíope y charlar con sus amigos sobre política, la puesta en escena de la última ópera en cartel, el vino de moda, o algún polémico artículo del New York Times o de la revista New Yorker. Trabaja mucho, cuida su cuerpo, puede ser agnóstico o religioso, pero tiene un gran respeto por otros credos y es extremadamente observante de las reglas del medioambiente. La corrección política está en las venas: inclusión, diversidad, sustentabilidad, comprensión, filantropía, empatía, respeto por las diferencias, igualdad de género son conceptos que se respiran desde la cuna.

El primero de esos mundos de gente progresista o liberales asentados en las costas suele votar a los demócratas y está formado por los estados llamados azules, por el color del partido.

Alberga a unos ciento cuarenta millones de personas. Pero no tan lejos de allí, en el interior del país, en la América profunda más rural, hay otro mundo menos sofisticado –o más real, dirán otros–, donde la gente no gana tanto y su nivel educativo es más bajo. Los chicos van al colegio público del pueblo o ciudad pequeña, se crían sin tantas exigencias ni presiones académicas, cuando terminan el secundario son muy pocos los que ingresan a la universidad y, si lo hacen, van a la más cercana, que es más barata, aunque no sea tan prestigiosa. La mayoría entra directo a trabajar a la fábrica más importante de la ciudad o se dedica a las tareas rurales, mientras que buena parte de las mujeres se casan muy jóvenes, son amas de casa y participan en las actividades comunitarias en la iglesia, que suele ser el núcleo del pueblo.

El gran sueño de los habitantes del interior del país es tener un buen trabajo, una casa, formar una familia y ahorrar aunque sea un poco para que los hijos puedan progresar. No anhelan mansiones, aprender idiomas o tener estudios de elite, ni viajes a París, ni autos descapotables. No quieren ser socios de algún exclusivo club de golf –donde los liberales van a tomar aire y cerrar negocios– sino que su felicidad pasa por ir cada tanto a los duelos Ford-Chevrolet en las rugientes carreras de NASCAR.

Miran mucha televisión, sobre todo la cadena conservadora Fox, y se informan por Internet en sitios de dudosa credibilidad, pero incuestionables para ellos. Muchos pasan su vida sin apenas
haber salido de su estado, y a la hora de divertirse, además de las carreras, van a la taberna local u organizan salidas de amigos y familia para cazar o pescar. Están convencidos de que la homosexualidad es un pecado, les importa poco y nada la ecología y creen que el calentamiento global es un invento de los liberales para frenar la industria estadounidense. La gente de esa tierra, en su mayoría blanca, desconfía de las minorías y de los extranjeros porque siente que le van a arrebatar el trabajo y la identidad estadounidense.

Imagen de la protesta del 8 de marzo. En las ciudades de la costa, Trump es menos celebrado (Reuters)

Imagen de la protesta del 8 de marzo. En las ciudades de la costa, Trump es menos celebrado (Reuters)

Este segundo planeta conservador está constituido por los estados rojos, el color republicano, o lo que ahora muchos llaman Trumplandia porque de esas zonas provino la mayoría de sus votos. Allí viven unos ciento ochenta y un millones de personas distribuidas en el triple de superficie que los estados azules. En los Estados Unidos de Trump es muy fácil toparse con personajes como Bob Rice, de 72 años, que atiende un local de venta de bebidas alcohólicas en Springfield, Ohio. Dice que no es republicano e incluso en 2008 votó por Barack Obama, pero ahora es un gran fanático del nuevo presidente y sus propuestas migratorias. «Tenemos demasiados mexicanos aquí. Además, los que vienen en forma legal deberían aprender inglés obligatoriamente: aquí se habla inglés», resalta y aclara que no es xenófobo y que incluso tiene «un amigo mexicano». Como muchos de los simpatizantes de Trump, cree ciegamente en las teorías conspirativas,
por ejemplo, que Obama no es estadounidense y que nació en Kenia. «Yo leí su libro, en el que él mismo reconoce que nació en África, pero ahora lo niega», asegura. Cuando se le aclara que en su autobiografía Obama señala que nació en Hawái y que el originario de Kenia era en realidad su padre, Rice sostiene la mentira: «No señora, usted está equivocada. En el mismo libro reconoce que nació en Kenia».

(…)

Los habitantes de los estados rojos como Oklahoma, Kansas, Texas, Wyoming, Wisconsin, Virginia Occidental, Kentucky, Dakota del Norte y del Sur, Indiana, Minnesota, Luisiana, Mississippi, Alabama y otros son más pobres y tienen más madres adolescentes, más divorcios, peor salud, mayor obesidad, más cigarrillos, más muertes por golpes y por drogas, más bebés nacidos con bajo peso y menos chicos que terminan la escuela.

En los estados rojos la gente se muere cinco años antes que en los azules. Alguien que haya nacido en Mississippi, por ejemplo, vive un promedio de 75 años (el más bajo del país), mientras que un nativo de California o Connecticut alcanzará un promedio de 80,8 años, una brecha más amplia que la que existe entre los Estados Unidos y Honduras.

Tapa del libro de Lugones.

Tapa del libro de Lugones.

Esta diferencia sobrepasa el tema racial. Un afroestadounidense de Maryland vive cuatro años más, gana más del doble y tiene el doble de oportunidades de ir a la universidad que un negro de Luisiana, que es uno de los estados más pobres de los Estados Unidos.

El columnista John Carpenter escribió en Forbes que, si fueran efectivamente dos países diferentes, ambos serían poderosos protagonistas en la escena global, con un PBI de 9 billones de
dólares cada uno, lo que los colocaría a ambos solo detrás de China –11 billones–, como segunda y tercera economías más grandes del mundo, respectivamente.

El ingreso per cápita en los estados azules es de 62.829 dólares por año, mientras que es de 52.895 en los estados rojos. Los estados liberales gastan 13.301 dólares por persona en educación, mientras que en los Estados Unidos de Trump, se destinan 10.200.

Con respecto a los gastos sociales, existe una gran paradoja, como explica la socióloga Arlie Russell Hochschild, autora de Strangers in their own land(Extraños en su propia tierra): en la América profunda, donde el Estado federal invierte más en subsidios sociales, esa ayuda es más repudiada y peor vista por la gente de esa región. Cita como ejemplo el caso de Luisiana, que en 2014 era el estado más pobre, mientras que recibía el 44% de su presupuesto del Gobierno Federal, y en ese contexto creció el movimiento ultraconservador republicano Tea Party, que repudia la ayuda estatal y que sentó luego las bases para el triunfo de Trump.

También el interior es el que sufre mayor índice de contaminación por parte de empresas que cuidan poco y nada el planeta. Pero, en otra gran contradicción, y a pesar de todos los dramas que sufren, en esa región detestan la Environmental Protection Agency (EPA; Agencia de Protección Medioambiental) porque la acusan de emitir demasiadas regulaciones para frenar la polución. No quieren que nadie se meta con sus libertades.

(…)

En los últimos años, esta división entre esos dos Estados Unidos se hizo más visible que nunca. Como muestra de este recrudecimiento, Hoschschild señaló que un estudio de 1999 preguntaba a los estadounidenses si les molestaría que su hijo o hija se casara con un votante de un partido distinto al suyo. La mayoría de los consultados dijo que era irrelevante y solo un 5% contestó que le podía molestar. En cambio, en 2010 el escenario ya había cambiado radicalmente: entre un 40 y un 45% reconoció que se sentiría perturbado si su hijo o hija se casara con alguien del otro partido. ¿Por qué sucede esto? La socióloga señala: «Los dos partidos se han alejado cada vez más uno del otro. La derecha se profundizó y se volvió más de derecha y lo mismo pasó con la izquierda».

El Pew Research Center [Centro de Investigaciones Pew] confeccionó una encuesta sobre la polarización política de los votantes estadounidenses en 2016 y reveló que ese año se registró la mayor división desde que se realizan estudios de este tipo en los últimos diez años. Los extremistas, conservadores y liberales pasaron del 10% de la población al 21%. Y el 36% de los republicanos así como el 27% de los demócratas consideran que el otro bando es un peligro para el país. Otro resultado de la encuesta a tener en cuenta es que el 57% de los conservadores dice que es importante vivir en un lugar donde la mayoría comparta la misma fe.

(…)

Por supuesto que hay algunos puntos azules en estados rojos –sobre todo las grandes ciudades de los estados conservadores– y al revés. Y que también hay estados que solían ser conservadores y de a poco se inclinaron hacia el azul, como Georgia. Pero también sucedió a la inversa. De hecho, en 2016 Trump se llevó estados que hacía años que ganaban los demócratas, como Wisconsin, Michigan y Pensilvania.

Los liberales de las costas no entienden qué pasa en ese otro mundo al que estigmatizan y etiquetan. Sienten que en el interior son ignorantes, racistas, machistas y no comprenden cómo pudieron votar a un candidato como Trump. Los habitantes de la América profunda, en cambio, creen que el Partido Demócrata no los representa y que tampoco los respeta. Que los blancos de las ciudades cosmopolitas son arrogantes, presumidos, que pertenecen a elites con mayor nivel de educación y que no son los suficientemente nacionalistas. En el interior se le da un enorme valor a los símbolos nacionales, como la bandera, y creen que las personas liberales y multiculturales que defienden los derechos civiles universales son menos patriotas.

(…)

Poco después, en el primer debate presidencial, en la Universidad Hofstra en Nueva York, Hillary y Trump se cruzaban ferozmente por el libre comercio. En un momento de la discusión, la dama le dijo, hastiada, a su rival: «Bueno, Donald, sé que vos vivís en tu propia realidad…», como si él habitara en un mundo paralelo. Por cierto fue una de las frases memorables de la campaña pero hay que reconocer ahora que más bien era Hillary quien estaba equivocada: en verdad, los demócratas vivían en su propia «burbuja liberal» y no advirtieron qué estaba pasando más allá de
sus narices, en los Estados Unidos de Trump».

fuente:infobae.com

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