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La estrella de la NBA que soñó con ser narcotraficante

22 de marzo de 1998. Cae la noche en Racine, una ciudad de 70.000 habitantes, ubicada en el estado de Wisconsin y reconocida como uno de los grandes mercados de la droga en Estados Unidos desde la década del 80. La Policía tiene un dato y un escuadrón del equipo SWAT y de la División Anti Narcóticos llegan hasta una casa localizada en Avenida Bluff 1206 como parte de una redada en la lucha contra el narcotráfico. Cuando entrar y la registran, encuentran 15.3 gramos de crack escondido en el garage y a un adolescente en su cama, tapado por frazadas. Se trata de Caron Butler, de 17 años, basquetbolista estrella del secundario Park High, con un largo prontuario delictivo, sobre todo relacionado a las drogas.

El detective Rick Geller, al mando del operativo, tiene el futuro del chico en sus manos. Puede acusarlo de tenencia de estupefacientes e intento de tráfico, con dos agravantes (la cantidad excede los 15 gramos y la ubicación de la casa está a menos 300 metros de su escuela) que pueden interpretarse como certeza de contrabando. La pena: 10 años de cárcel. Nada menos. Parece un caso de sencilla resolución. Pero Geller no hace la fácil: ni se queda con el pasado de Butler ni con lo que parecía algo lógico. Y toma una decisión: no imputar al chico, pese a que muchos de sus compañeros le pedían que hiciera lo contrario.

—No, señor. Se lo juro. Estoy tratando de dejar atrás esa vida. Hace al menos un año y medio que no estoy en eso…—mientras Caron pronuncia la frase, con lágrimas en los ojos, Geller le mira sus manos con quemaduras e intenta pensar si está frente a un narcotraficante o solamente frente a un chico que intenta salir del mal camino. Los “libros” le sugieren que el caso es bastante claro, pero Geller le da lugar a su intuición. Y le cree. “Un narcotraficante no tiene un trabajo en Burger King por tan poco dinero… Y menos si en ese trabajo se quema las manos haciendo papas fritas. Un traficante no tiene 11 dólares en su bolsillo, se tapa con frazadas cuando entra la policía a su casa, ni llora de esa forma cuando asegura no ser culpable”, recordaría Geller años después sobre lo que analizó en aquella escena policial.

“En la zona todos sabían de mi historial y el operativo era enorme. Él tuvo que tomar una decisión y lo que eligió cambió mi vida para siempre. Tranquilamente podría haberme acusado, tenía suficiente prueba. Pero eligió creer… No ves policías así hoy en América”, opinó Butler, en una clara referencia a la diferencia racial en una zona muy marcada por el racismo.

El 12 de febrero del 2014, la cadena Fox Sports emitió un mini documental sobre la historia y Kevin Johnson, aquel ex jugador (y estrella NBA) que en ese momento era el gobernador de Sacramento –ciudad donde jugaba Butler, para los Kigs- quedó tan impresionado con el programa que pidió repetirlo, aunque con una diferencia: con la presencia de ambos protagonistas. Johnson, de alguna manera, buscaba dejar el mensaje sobre cómo puede cambiar la vida de las personas, que a veces es necesario más apoyo y menos mano dura. “Es un contenido que proyecta posibilidades. Geller creyó en Butler, confió en él. Y esa persona se terminó transformando en alguien de bien, productivo, un benefactor de la sociedad”, dijo Johnson en referencia a los numerosas donaciones y aportes que ha hecho Butler a lo largo de sus 14 años en la NBA.

La de Butler es una de esas historias que emocionan y motivan porque terminan bien, pero claro, en Estados Unidos, son las menos, lamentablemente. Muchos afroamericanos crecen en un contexto desfavorable, muy complejo, con pocas oportunidades para su desarrollo. No es casualidad que la mayoría termine en la delincuencia, las drogas y luego, claro, en la cárcel simplemente con un tiro en la cabeza

En “Tuff Juicie, mi viaje desde las calles hasta la NBA”, la biografía que publicó en 2015 y que en breve tendrá su estreno en el cine de la mano del actor Mark WahlbergButler admitió haber comenzado a disparar armas de fuego a los nueve años y a vender drogas a los 11. Cuando su tío estaba en libertad, Caron veía todo el tiempo dinero, joyas y lujos. Y lo que vio, copió. Apenas había cumplido 11 cuando consiguió una pequeña cantidad de marihuana y empezó a traficar en un parque cercano a su casa. Contó que en su primer día recaudó 38 dólares y que eso lo motivó a seguir por ese camino. Vender diarios, sobre todo los fines de semana, era su coartada, sobre todo para que su madre no se enterara de donde realmente provenía ese dinero. Pero, claro, para otros era demasiado obvio, en especial para la policía, que lo arrestó 15 veces en 15 años, siempre por posesión de drogas.

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Uno de los momentos más serios sucedió cuando Caron tenía 16 años y estaba en el secundario. La Policía llegó hasta su casillero, donde no sólo encontraron droga sino también una pistola del calibre 32 y 1200 dólares. Butler, una figura emergente del básquet local, fue condenado a nueve meses de prisión y encerrado en un correccional. “Fue la peor experiencia de mi vida. Recuerdo cómo mi madre acompañó al autobus penitenciario hasta la misma puerta del correccional. Fue muy triste”, rememoró. Sin embargo, se sabe, cuando empezás a transitar ese camino, es difícil volver al correcto. Al poco tiempo de estar en ese centro de detención, se peleó a trompadas con otros chicos y pasó 15 días en aislamiento, encerrado en una celda sin ventanas y con sólo una hora al día de aire libre. Y allí hizo un click. “Fue duro, pero intenté sacar lo positivo.

Me dediqué a leer, a escribir y definitivamente entendí que lo mío no podía seguir siendo esto, que tenía un talento –jugar al básquet- y debía aprovecharlo”, explicó sobre cómo le cambió la perspectiva. Cuando salió, Butler se matriculó en otra preparatoria, Maine Central Institute, donde mostró otra actitud, una mayor madurez pero el mismo talento -sobre todo anotador- de siempre. Eso le permitió tener una beca de la prestigiosa Universidad de Connecticut y entrar al programa que dirigía Jim Calhoun. Allí se destacó con promedios de 18 puntos, 7.6 rebotes y 3 asistencias en los dos años que permaneció con los Huskies. Incluso fue parte del seleccionado de su país que logró el oro en el Mundial Sub 19 del 2001 en Saitama (Japón), tras ganarle agónicamente a Argentina en semifinales. En 2002, luego de llevar a UConn al título de conferencia y ser elegido el mejor jugador del Big East, Butler fue elegido en el puesto N° 10 del draft de la NBA. Miami Heat y Pat Riley confiaron sus talentos. Alero de 2m01, versátil, fuerte y con muchas armas para anotar, promedió 15.4 puntos, 5.2 rebotes, 2.7 pases gol y 1.8 robo en su temporada debut, lo que le valió ser seleccionado para el quinteto ideal de novatos.

Fue puntualmente el 21 de diciembre del 2009, en el estadio Verizon Center de Washington. Cuando Caron entró el vestuario local para aquel entrenamiento del lunes se dio cuenta de que algo no andaba bien, que aquella fuerte discusión entre dos compañeros por un juego de naipes –y apuestas- que había comenzado en el vuelo de avión de regreso desde Phoenix no se había disipado pese a que el equipo había tenido libre gran parte del fin de semana. Gilbert Arenas, la superestrella del equipo, había llegado temprano y, cumpliendo con la “promesa” en aquel avión, había colocado cuatro revólveres (dos de colección, como una Desert Eagle bañada en oro) y un cartelito (“Elige una”) arriba de una silla. La invitación era para Javaris Crittenton, suplente de poca relevancia en aquel equipo pero un chico que, tras brillar a nivel secundario y universitario, había registrado antecedentes de, al menos, ser inestable…

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¿Qué te pasa ahora, hijo de p…? ¿No eras que me ibas a disparar? Dale, elige una y hazlo. ¿No eras tan valiente? Porque yo pienso hacerlo— Cuando Crittenton vio ese despliegue de armas y escuchó la amenaza de Arenas, en vez de amedrentarse, duplicó la apuesta.

No hace falta que me enseñes nada ni quiero ninguna de esas armas tuyas. Porque yo traje la mía.

Javaris metió la mano en su mochila, sacó una pistola semiautomática, la cargó y le apuntó a Arenas a la cara. Los compañeros, que hasta hace segundos se reían y disfrutaban de la “ocurrencia”, huyeron despavoridos del vestuario. Sólo uno permaneció ante una escena surrealista para un vestuario NBA: Butler.

Lejos de ponerse nervioso, Caron medió como ya había hecho en el avión, aunque claro, en esta oportunidad, como prácticamente ninguno hubiese podido. Su pasado en Racine le dieron las herramientas para hacerlo.

Javaris, baja el arma, por favor. Piensa lo que puede pasar con tu vida si apretás ese gatillo. Dame ese arma, por favor.

Tras algunos segundos de duda, Crittenton lo miró, bajó el arma y se la dio. Arenas, aún asustado, salió corriendo. Y todos respiraron aliviados mientras alguien llamaba a la Policía. Todavía hoy no son pocos los que piensan que, de no ser por Butler, Javaris podría haber apretado el gatillo. Su convulsionada historia en Atlanta y lo que pasaría dos años después de aquel papelón –en 2011 mató de un tiro a una mujer de 22 años en Georgia y hoy cumple una condena de 23 años en prisión, hasta 2036- dan para pensar que el desenlace podría haber sido mucho peor. Para los protagonistas, la franquicia, la NBA y el deporte estadounidense. Lo que vino después no fue poco: la NBA y la Justicia Federal abrieron una investigación y la competencia suspendió a Arenas y Crittenton por toda la temporada. Javaris no volvió a jugar más en la NBA y la carrera de Gilbert ya nunca volvió a ser la misma. “En Racine viví cosas mucho peores que aquel incidente. Presencié más tiroteos de los que puedo recordar… Imagínense que yo, de chico, soñaba con ser narcotraficante y no un jugador de la NBA”, reconocería, años después, en su autobiografía.

Aquel equipo de Washington que había prometido pelear con los mejores del Este se desintegró y, en un ardid del destino, terminó en el lugar donde sería campeón: Dallas. Aquella temporada, la 10/11, Butler sólo jugó 29 partidos, todos como titulares, siendo el tercer goleador del equipo (15 puntos), hasta que se lesionó y no pudo estar en el resto de la campaña. Pero, de alguna forma, el destino lo premió con ese título que puso un moño a una muy buena carrera profesional. Una forma de cerrar el círculo. Un círculo que casi queda inconcluso varias veces. Pero que, gracias a varios factores, se completó.

“Ha sido un sueño. Mi vida es un ejemplo de que se puede y una inspiración para aquellas personas que piensan que estas cosas no pueden suceder. Ver es creer”, fue su mensaje mientras, asegura, no haber detenido su camino. “Cada día trato de ser una mejor persona, la mejor versión de mí mismo, buscando inspirar personas para que sientan que se puede. Siempre recuerdo la adversidad por la que pasé y cómo la superé. Ojalá haya más ejemplos como yo que puedan lograrlo. Por el bien de nuestro mundo”, cierra. Ojalá, Caron, ojalá. (D)

Infobae

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