Gustavo Noboa, el risueño formador que guio juventudes

Más que la playa, le gustaba el mar. Hablar con los pescadores de Punta Blanca. El sonido de las pequeñas olas llegando a la orilla. Y caminar, buscando con la mirada una nueva concha marina para su colección de 2.500 piezas.

Estaba acostumbrado a ver caer el sol en Santa Elena que, en medio del exilio en la capital dominicana, le pareció un espectáculo “ver salir el sol desde el mar”. Sin embargo, la Navidad del 2003 fue dura. No había ánimo para arreglar el departamento alquilado en ese país caribeño, aunque estuviera a ocho cuadras del mar.

“Esa Navidad logramos sobreponernos con mucho esfuerzo y así salimos al comercio a comprar unos pocos adornos”, recuerda Gustavo Noboa Bejarano en su libro El asilo, publicado en 2009, y que recoge los 19 meses de su exilio en República Dominicana. Ahí había llegado el 23 de agosto del 2003, dos días después de su cumpleaños número 66.

Legado de Gustavo Noboa queda en la educación, en lo social, en la política y en la economía del Ecuador

Había dejado en Ecuador una vida hecha en la función pública y privada: había sido maestro colegial y universitario, gerente del ingenio San Carlos, gobernador del Guayas, rector de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, vicepresidente y luego presidente de la República.

Pero, sobre todo, en Ecuador habían quedado sus hijos, nietos, familiares, amigos, compañeros y decenas de jóvenes ‘Gustavinos’ que le admiraban y a quienes había formado en la adolescencia en tantas clases, charlas y retiros espirituales con los que les animaba a esforzarse, a ser honestos.

Nada en la vida es fácil y uno tiene que correr riesgos, incluso el de equivocarse, de modo que decidí seguir con la dolarización. Era irremediable

Gustavo Noboa Bejarano

“Que todo requería disciplina, sacrificio y esfuerzo”, cuenta Alberto Dahik, uno de sus alumnos en el Cristóbal Colón, mientras que Óscar Zuloaga, también alumno, destaca “su estilo desenfadado”, de hablarles como ‘entre amigos’, de compartir su mensaje moderno del evangelio.

El abogado Joffre Campaña lo tuvo en la clase de Derechos Sucesorios, en la Facultad de Jurisprudencia de la Católica. Siempre puntual, de saco y corbata, Noboa llenaba de anécdotas y ejemplos prácticos su cátedra. “Una de sus enseñanzas fue llegar a acuerdos, era un gran negociador. Eso he aplicado en mi profesión; soy un abogado que litiga, pero que busca acuerdos”.

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