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Gonzalo Cucalón: El reto de la sociedad en pandemia

Cuando un trabajador encuentra una plaza de trabajo en una empresa o institución donde se siente valorado, es natural intentar quedarse, ganando estabilidad tanto para el trabajador como para la empresa. La pérdida de esa conexión, por ejemplo por una ola de desempleo, puede llegar a ser muy difícil para ciertas personas. Como dicen Duflo y Banerjee (Premios Nobel de Economía 2019) en su extraordinario libro “Buena economía para tiempos duros”: “Toda la evidencia repartida en este libro sugiere que la mayoría de las personas realmente quieren trabajar, no solamente por el dinero, sino porque trabajar proporciona un sentimiento de propósito, pertenencia y dignidad”. Es que perder un trabajo puede llegar a tener graves consecuencias sobre la salud mental de las personas. En una crisis económica generalizada, con más personas que no se sienten necesarias para la sociedad, el impacto es aún mayor.

En la Segunda Guerra Mundial, el gobierno británico temía por los efectos de los intensos bombardeos de la Luftwaffe en la salud psicológica de la población. Temían que el peligro de muerte, el colapso de los edificios y las horas encerrados en túneles y sótanos, pudieran afectar a un gran número de civiles y causar un colapso mental en la población que condujera a manifestaciones, saqueos y una pérdida de la voluntad popular para luchar con la dictadura nazi. Sin embargo, a pesar de la destrucción y de la guerra, el colapso de la salud psicológica de la población nunca ocurrió. De hecho, el Blitz tuvo un efecto contrario a lo que se esperaba: Estar enfrentados a una lucha por la supervivencia logró que las personas se organicen a nivel comunitario como nunca antes. Como dice el bloguero Shane Parrish: “El sentimiento de un propósito común creado por esto llevó a muchos a experimentar una mejor salud mental de la que nunca habían gozado”.

En momentos de desastre se valora de manera especial la ayuda, por mínima que esta sea, más aún en esta sociedad moderna, en la que es fácil satisfacer nuestras necesidades diarias sin depender de otros. Pero la vida moderna no necesariamente ayuda a mejorar nuestra satisfacción. El tiempo dedicado al entretenimiento (navegar en internet, ver televisión, videojuegos y socializar) ha aumentado constantemente desde los años 60, y de estas actividades, ver televisión y navegar en línea son las actividades a las que más tiempo se les dedica y las que menos satisfacción causan. Por otra parte, socializar es la que genera más sentimientos de satisfacción.

Dedicar más tiempo a ver televisión y al internet evita que construyamos conexiones importantes con otros seres humanos, que ayudemos a otros y que otros nos ayuden. Por esta razón se observa un aumento de la depresión y del suicidio en los habitantes a medida que un país se va enriqueciendo.

Los desastres permiten que surja un propósito común, como sobrevivir, que logra que todos -incluso los desempleados- se sientan necesarios, como durante el Blitz o después del terremoto de Manabí. Se crea un sentimiento de comunidad, donde la colaboración entre diferentes tipos de personas es apreciada. Por esto es que la crisis económica actual, con un desastre provocado por la pandemia seguido de una ola de desempleo, nos duele más. No nos permite acercarnos físicamente, atacándonos precisamente en el punto que es nuestra mayor fortaleza como especie: evita que nos demos la mano y nos miremos a los ojos para formar una comunidad, como siempre lo hemos hecho. Tendremos que aprender nuevas maneras para seguir.

 

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