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Francisco Swett: ¡Reducir, a lo bruto, el tamaño del Estado!

Contrariando el orden natural, la reducción del tamaño del Estado se la hace por el lado de los municipios y prefecturas. Son $ 1.200 millones los adeudados y el ministro obra con la debida cautela cuando argumenta que él solo puede hacer lo que la ley le permite. Los alcaldes responden iniciando una huelga de hambre y el gobernante queda en el medio, aprisionado entre la espada (el acto impolítico al que se ve sometido) y la pared (la reducción efectiva de los ingresos), no teniendo otra alternativa que buscar una opción en la que el Gobierno central finge pagar, y los locales fingen recibir.

Es una escena que pone en evidencia el grado de descomposición del Estado ecuatoriano. La naturaleza de este Leviatán es la de ser un ente rentista (que ha malgastado los ingresos del petróleo), discriminador (pues tiene sus “hijos” favoritos que siempre están en los primeros puestos de cualquier cola), autoritario y totalmente desmemoriado (pues se olvidó que la misión de todo gobernante es la de servir y no la de ser servido). Ha durado 48 años desde que se inauguró el petrolerismo con fanfarrias y camellos; hoy lo que deja como legado es un país endeudado, con escaso sentido de nación, agobiado por la falta de empleo, y alimentando una burocracia cuya existencia es cada vez más cuestionada.

El centralismo absorbe todos los recursos públicos, los acumula en la Cuenta Única y dispone de dineros ajenos como si fueran propios. Ninguna de sus EP puede aspirar a funcionar como empresa porque el rato menos pensado Finanzas se le lleva la plata para pagar las obligaciones contraídas por la mala práctica económica. En la jerarquía establecida las prelaciones tienen una arquitectura similar a la de un gallinero, donde el orden de picoteo ubica a los favorecidos en los palos más altos y los otros, pues, ¡que sufran las consecuencias!

Se altera el orden natural, he expresado, por cuanto quienes producen están abajo y son, en teoría, los dueños de la riqueza. Son los obreros del panal y quienes ejercen la autoridad resultan ser los zánganos. Es la realidad del fracaso centralista que da paso a la alternativa del federalismo, que se asienta en dos principios capitales que se resumen en una frase: ser los dueños del régimen tributario y del régimen administrativo local. Los argumentos contrarios a esta opción son tan débiles que lo único que demuestran es el poder de los intereses creados. Lo que el Gobierno calla es que los sacrificios son asimétricos: no se dan en los salones del poder burocrático y la bonanza, cuando la hay, se queda en el centro. Prueba de ello es que, durante la década correísta, el barril de petróleo se cotizó, en promedio, en doce dólares por encima del indicativo del presupuesto y, no obstante ello, no subieron los ingresos locales de acuerdo con las fórmulas de reparto.

Los próximos meses se seguirán dando estas y otras asonadas. Entretanto, saldrán candidatos a repartir dólares digitales que, sin el respaldo debido, crearán mayores tensiones sistémicas, creando presiones inflacionarias y estancamiento al mismo tiempo, cuando la solución pasa por el desmantelamiento integral de un Estado que es la causa original de los problemas.

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