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Francisco Swett: Los intereses creados

¿Son los intereses creados los que guían la mano invisible del mercado, de Adam Smith? La respuesta es ambigua: ¡sí y no! Y, como lo expresara Jacinto Benavente y Martínez, Premio Nobel de Literatura y autor de la obra que motiva estas reflexiones: “muchos creen que tener talento es cuestión de suerte; nadie que tener suerte es producto del talento”.

En la tradición de la Commedia dell’arte italiana, Benavente improvisa y entretiene pero mantiene un riguroso sentido de conjunto en la trama de Leandro y Crispín, un par de granujas impenitentes, quienes, en la mejor tradición de los timadores de oficio, deciden hacer pasar a Leandro por un hombre adinerado, generoso y culto para que conquiste a la hija de Polichinela, hombre de fortuna.

En la historia, Leandro termina enamorándose de la presa (y ella de él), mientras su padre descubre que se trata de un engaño que, finalmente, debe aceptar pues los intereses de las partes, incluyendo los de él, confluyen en hacer creer a todos que Leandro es, efectivamente, un joven probo y amado, que el matrimonio con su hija es conveniente y que la buena fama de Polichinela será preservada.

La literatura, a diferencia de cualquiera de las ciencias sociales, le permite al autor asumir el rol de la conciencia colectiva. Charles Dickens fue implacable en su vasta obra denunciando la hipocresía de la era victoriana, en la cual las apariencias contaban por encima de todo y lo inoportuno era escondido bajo la alfombra. Miguel de Cervantes creó en Don Quijote el personaje que, al recobrar la cordura, decidió que había llegado el momento de morir. El prolífico Lope de Vega introdujo la vindicta de los agraviados campesinos de Fuente Ovejuna contra el abusivo Comendador. Sus enseñanzas son inagotables, tocando los temas permanentes del buen gobierno, la lealtad, la confianza, la justicia, y el sacrificio; revelándonos que la nobleza no es patrimonio del buen linaje, como lo tuvo que entender Fernán López de Guzmán, el Comendador, a costa de su propia vida.

Los intereses creados son normalmente asociados con el afán de “llevar el agua al molino” de cada cual. Pero estos también delimitan los linderos del ejercicio de la libertad al marcar su perímetro. El concepto lo recogería José Ortega y Gasset en su frase “yo soy yo y mi circunstancia”, que remata con la admonición “si no la salvo a ella, no me salvo yo” en sus Meditaciones del Quijote. Es la reafirmación del sentimiento ético que subyace la práctica de la libertad y es, como tal, una reflexión trascendente sobre el significado de la existencia individual, concepto venido a menos en el reino del Estado soberano.

La torre de marfil del intelectual no es un mundo utópico pues la imaginación convierte al dramaturgo o autor en juez de la circunstancia real.

Rememorando una vez más a Benavente podemos sentenciar que “benditos sean nuestros imitadores, porque ellos serán mis defectos”, indicando, a la manera de Santayana, que quienes ignoran la historia están condenados a repetir los errores del pasado.

Cabe entonces preguntar ¿quiénes son los Polichinelas del momento? Manteniendo mi persuasión liberal, dejo que cada cual la resuelva dentro de su propia circunstancia.

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