Francisco Swett: Entrar “trumpeando”, salir trompeado

El miércoles 20 se cumple el ciclo presidencial y Donald Trump deja de ser presidente de los Estados Unidos. Lo hace sin admitir, expresamente, que perdió la elección, pues argumenta que la elección fue robada, sin presentar prueba alguna que sea aceptada por las Cortes y luego de repetir el conteo de votos en varios de los Estados pivotales hasta tres veces. Por si fuera poco, el partido Republicano perdió el control del Senado luego de que los dos senadores de sus filas, en ejercicio, perdieron las elecciones en el Estado de Georgia en segunda vuelta.

Los Estados Unidos de América es una república admirable en muchos aspectos. Uno de ellos lo constituyen sus instituciones de administración de la justicia. A lo largo de los cuatro años de su mandato, las principales objeciones a muchas de las decisiones de Trump (particularmente aquellas expedidas con dedicatoria a las minorías e inmigrantes) nacieron en las Cortes de Justicia por acciones legales iniciadas por los afectados o sus representantes. Trump necesitaba los cuatro años adicionales para consolidar su poder omnímodo sobre el partido Republicano, nombrar a jueces adeptos a sus puntos de vista, e imponer su voluntad sobre el Congreso. Tenía todas las posibilidades de ganar pues la economía estaba en ciclo de expansión, el desempleo en sus más bajos niveles y Wall Street rompiendo récords todos los días. El COVID le jugó una mala pasada, en parte porque su actitud atrabiliaria lo llevó a desmerecer el peligro de una pandemia que ya ha infectado al 7 % de la población americana y causado más muertes que todas las guerras del siglo XX juntas. En un abrir y cerrar de ojos la situación revirtió y el atacante se convirtió en defensor.

Trump apela a la supremacía blanca. Revisando la historia de la Guerra Civil ocurrida hace 150 años, hay paralelos sorprendentes en cuanto a las tendencias socioeconómicas de las épocas. Pero no se trata de la esclavitud de los negros sino de la percepción de riesgo que los blancos sienten frente a los inevitables cambios demográficos en el país. Por si fuera poco, se trata de una clientela política (la de Trump) constituida por gente de bajos niveles educativos, residentes en los Estados del Medio Oeste y evangélicos fundamentalistas. Los agitadores, por otra parte, son neonazis que no tienen pena de desfilar con la bandera rojinegra y la esvástica (cruz gamada) del Tercer Reich; son ¡admiradores de Hitler! y practicantes de los rituales de saludo, cuadratura, jerarquía y aborrecimiento de todo aquello que hallan extraño, como las razas de cualquier color, los judíos, los científicos y los intelectuales. Son las tropas de las camisas pardas que vuelven a marchar luego de ochenta años; los discípulos de Trump a quienes él ama y consiente, y los arenga para que armen la revolución armada.

Trump perdió la elección. Todos, excepto los seguidores cercanos, lo han admitido. El único intento de fraude es el que él mismo provocó cuando le pidió al secretario de Estado de Georgia que le “consiguiera” unos 11.800 votos. Hoy, en un evento de singularidad histórica, ha sido interpelado (“impeached”) por segunda ocasión. Es el caso del peleón que entró a trompear y salió magullado.

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