Francisco Swett: El muro de las mentiras

El candidato del SSXXI pretende ganar las elecciones prometiendo regalar plata ajena para, según su torcida lógica, promover el consumo y estimular el crecimiento. Es la misma lógica que motivó a su patrono a endeudar al país en términos onerosos y vaciar el Banco Central. No hubo estimulación de crecimiento alguno en aquel entonces; sí hubo la oportunidad para asaltar el tesoro y robar el futuro, que es nuestro presente.

El sistema electoral ecuatoriano es una institución infame. Promueve el populismo al hacer un negocio del ejercicio de la política; un negocio atractivo que le da opción de notoriedad a seres anónimos, permite la compra/venta y alquiler de organizaciones políticas, auspicia la participación cívica de personajes interdictos, y por último reparte dinero de los contribuyentes para que unos cuantos vivarachos hagan su agosto y acumulen fortunas. Es un régimen de elecciones que causa la proliferación parasitaria de candidaturas cuya presencia se sustenta en la oferta de baratillos, una institución donde la legislatura prácticamente no representa a nadie y, al elegir en plancha, permite la elección de descalificados al limitar la libertad del elector.

Florece así el populismo de izquierda, doctrina que promete la redención “porque la opresión es causada por los ricos” y la solución está en extraer de ellos los recursos para repartir la pobreza. Es una posición que propone que toda diferencia socioeconómica es producto de la explotación; que mantiene que la producción debe estar en manos de monopolios estatales y, en los casos en que es permitida la delegación, debe estar sometida a la supervisión burocrática para evitar cualquier forma de supuesta explotación.

Cuando un candidato se confiesa admirador del gobierno de Venezuela donde los extremos entre la opulencia del consumo conspicuo llevan a abrir una distribuidora de Ferraris mientras el pueblo come basura y recibe un sueldo básico de menos de un dólar, y donde acaban de descubrir dineros robados en cuentas abiertas en Suiza por miles de millones de dólares, lo que está revelando es que nos va a llevar hacia allá. La dolarización no requiere de tales protectores cuya verdadera consigna es destruirla con el gasto irresponsable y la corrupción que es parte integral de su ideología.

El mensaje populista es engañoso; explota la pereza mental de quienes creen en la vida fácil, y la simpleza de los ignorantes. Los dineros prometidos por el candidato, añado, no son del Banco Central sino de los depositantes que incluyen, además de los entes estatales, los afiliados de la seguridad social que confiaron sus ahorros al IESS y los depositantes de la banca que ahí mantienen sus reservas de encaje.

La irresponsabilidad del manejo de los recursos del público queda demostrada desde el momento en que los saldos existentes solo cubren la mitad de las obligaciones; una práctica que pondría a cualquier banquero en la cárcel.

La práctica de la democracia en Ecuador es un muro de mentiras. Son dos siglos de deambular como nación sin rumbo cierto. Es hora de corregir, aceptando que el camino de la prosperidad requiere del concurso de una clase política ética y motivada por el servicio.

No hubo estimulación de crecimiento alguno en aquel entonces; sí hubo la oportunidad para asaltar el tesoro y robar el futuro, que es nuestro presente’.

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