Francisco Swett: Del amor al beso: ¿está todo en la cabeza?

En su Simposio, Platón concibió al amor como una emoción casta y no sexual que ocupa los más remotos linderos del ser enamorado. Distingue el filósofo al eros vulgar (que busca el placer físico del sexo) del divino que, partiendo del sentimiento carnal se eleva a lo que el autor denomina la Belleza Suprema. Desde sus orígenes filosóficos las disquisiciones pasaron al ámbito de la neurociencia, donde los hallazgos han resultado anticlimáticos: las células que conforman nuestro cerebro son de diseño tan primitivo que, como lo establece David Linden, “sus estímulos y señales son probabilísticos, poco confiables, no exclusivos sino compartidos y lentos”. La evolución de las neuronas parece haberse detenido hace 600 años en la fase de los corales y las medusas, y “sapiens” emerge porque nuestro enjambre cerebral posee 500.000 millones de neuronas y cada una de ellas tiene alrededor de 10.000 conexiones. La diferencia entre nosotros los humanos y nuestros parientes más cercanos en el árbol genealógico de las especies radica en la cantidad y no en la calidad de las neuronas que poseemos individualmente.

El beso entre humanos es una imagen universal que envuelve una verdadera batería de procesos. Involucra mecánica de músculos, excitación de neurotransmisores y explosión de hormonas. El acto de besar contiene un intercambio intenso de información entre los partícipes -particularmente cuando ocurre por vez primera – referente a los aromas y olores (poderosamente asociados con la memoria), a los movimientos mecánicos, al tacto, el gusto, los sonidos, y el mismo contexto físico del evento. La integración de todos estos factores, diría Aristóteles, le permite al cerebro interpretar los datos y convertirlos en pensamiento, sentimiento, y acción. Son los procesos bioquímicos que activan la conciencia y nos hacen aceptar a la pareja, amarla y desearla.

El primer beso cambia a la persona e involucra a un grupo de músculos que permiten adoptar la mueca del beso con los labios ajustados desde sus costados y separados entre el superior e inferior. Al toparse los labios se estimulan cinco de los doce nervios craneales que emergen desde el tallo cerebral y se encargan de recoger la información y estimulación de los sentidos originados en el beso. El desborde de pasión provoca la dilatación de los vasos sanguíneos y la sensación de hiperventilación que es causada por una descarga mayor de oxígeno; la respiración se torna irregular; se sonrojan las mejillas; se acelera el pulso; y se dilatan las pupilas. Mientras todo esto ocurre, se estimula el sistema límbico -asociado con los sentimientos de amor, pasión y deseo- y en la continuación del acto los impulsos que recorren la distancia entre los labios, la lengua y el cerebro dan lugar al sentimiento de euforia originado en la producción de dopamina, oxitocina, y adrenalina.

Un beso memorable produce un “high” de endorfinas que conforman el coro de emociones del alma enamorada. La celebración de San Valentín no es, pues, un día más del calendario; los chocolates, las rosas, la cena íntima y la música romántica son los accesorios que hacen posible la convivencia entre humanos, y la propagación de la especie.

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