Francisco Swett: Bertrand Russell y la mente liberal

“Para Russell, la mejor respuesta contra el fanatismo reside en el liberalismo y la duda sistémica, práctica cuya propuesta señala que nada es absolutamente cierto”

En tiempos en los que soplan vientos frescos para la libertad cabe reflexionar sobre la forma como las ideas que la sustentan definen la política pública según un insigne exponente del liberalismo ideológico: Bertrand Russell. Nació en cuna noble, su tutor fue John Stuart Mill, sus padres advocaban el control de natalidad, y su abuela aceptaba el darwinismo e insistió en que su nieto creciera agnóstico. En su larga vida, Russell fue por épocas liberal, socialista “light”, activista antiimperialista y pacifista. Poseedor de un genio polifacético, se destacó como un notable filósofo (fundador de la filosofía analítica, e impulsador del estudio de la epistemología); matemático (influyente en el desarrollo de la teoría de conjuntos, la ciencia de la computación y la inteligencia artificial); lógico (autor con A. N. Whitehead de “Principia Mathematica” que sentó las bases de las matemáticas en la lógica), e historiador. Como activista político fue crítico de los totalitarismos de Hitler y Stalin, opositor a la guerra de Vietnam y peleó contra el armamentismo nuclear.

En 1950 Lord Russell recibió el Premio Nobel de Literatura “en reconocimiento a sus varios e influyentes escritos, en los que se erigió como campeón de los ideales humanitarios y de la libertad de pensamiento”. Fue, en pocas palabras, un peso pesado del intelecto.

Su ideología la explaya en el Decálogo Liberal (1951), en el que elabora los principios que deben guiar la formación de la persona. Para Russell, la mejor respuesta contra el fanatismo reside en el liberalismo y la duda sistémica, práctica cuya propuesta señala que nada es absolutamente cierto. Afirma la franqueza como norma de conducta; opta por el amor a la verdad aun cuando esta sea inconveniente porque es más inconveniente ser descubierto en la mentira. Reclama la apertura de las ideas porque el cierre de la mente engendra la ignorancia colectiva. Estipula que es necesario que el diálogo se base en la argumentación razonable ya que las victorias sustentadas en la circunstancia transitoria de la autoridad son irreales e ilusorias. Defiende, además, la tolerancia de las opiniones contrarias porque, de no hacerlo, tales opiniones le pasarán la cuenta. Sostiene que es necesario confiar en las opiniones de uno, incluso cuando estas sean consideradas excéntricas, pues lo que hoy es aceptado fue excéntrico en su origen. Es parcial a la disensión inteligente y aborrece la aceptación pasiva con asentimiento no crítico. Con igual fervor sostiene que no se puede tener envidia a los pérfidos, porque solamente un pérfido es feliz en tal condición.

El liberalismo es una manera de ser, pensar, hablar y actuar. Es pensamiento crítico que se basa en la confirmación (y no la simple aceptación) de los hechos. Destacan en su ideología la importancia del debate; el sopesar todas las hipótesis posibles y saber cuestionar incluso las de uno mismo; el basar los argumentos en la lógica y, en lo posible, en su ordenamiento en secuencia rigurosa. Finalmente, el escoger siempre la más simple entre dos hipótesis competitivas, siguiendo el principio de la “navaja” de Ockham.

No son enseñanzas a memorizar, sino un modo de vida a seguir.

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