Francisco Swett: Atavismos

Si la actitud de los que entienden el daño que se causa es la de quedarse callados, entonces están reunidas las condiciones para que la república atávica permanezca tal cual y mantenga una retorcida imagen

Si los atavismos son comportamientos heredados, ya sean estos condicionados por la tradición colectiva o por alguna suerte de evolución genética que nos hacen ser como somos, entonces presumimos de ser una comunidad atávica que aprecia lo estático y repele lo dinámico y cambiante. Nuestros pares son el Egipto de los faraones, que se mantuvo imperturbable por milenios, o la realidad descrita por Jean-Baptiste Karr cuando sentenció con su célebre frase que “plus ça change, plus c’est la meme chose” (mientras más cambia, más sigue siendo lo mismo).

El atavismo es contrario a la evolución y, por lo tanto, a las leyes de la naturaleza. Pretende violentar la Economía cuyo objeto es el estudio y entendimiento de los procesos de intercambio (y no, como su concepción mecánica lo expresa, como el manejo óptimo de los recursos en condiciones de escasez). En Economía no existe el precio justo y sin embargo acá no hablamos jamás de precio sin adicionar el “justo”, invocando a alguna autoridad casi-divina o, si terrenal, poseída con la fuerza de la coerción. Si un economista no entiende la diferencia entre costo y precio (y la mayoría no lo entiende) entonces es hora de volver a la escuela pues un producto puede haber costado mucho, pero si nadie lo quiere, entonces su precio es cero. Es cero, o más bien negativo, el valor de un pozo seco, y el agua es más valiosa que el diamante en el desierto cuando alguien muere de sed.

Es, más que atávico, inmoral y falto de ética, que la Asamblea y un presidente falto de liderazgo aprueben leyes que, como la que premia exclusivamente a los maestros, rompen el orden fiscal y en el tiempo devastarán el régimen previsional. Los que perdieron las elecciones proponen que, para dar paso a la gobernabilidad, el gobierno debe optar por no acceder a ningún tratado comercial y mantener el subsidio a los combustibles. ¡Ah, la gasolina! ¡Puede llegarse a pensar que preferible hubiera sido quedarnos en la era de los carruajes y caballos a tener que dispendiar la mitad de los ingresos petroleros quemándolos al aire!

Son los atávicos estratégicos aliados con los populistas que no pagan impuestos, pero tratan cual maleantes a los que lo hacen y aborrecen los precios determinados en competencia en el mercado; los que condenan la falta de empleo, pero se oponen al comercio y son enemigos declarados de la propiedad privada. Quienes alzan la voz para reclamar derechos intangibles. Tienen un poderoso ejército de seguidores pues ¿a quién no le interesa tener empleo asegurado, sueldo de privilegio y que alguien más provea?; se unen a las filas los transportistas de pasajeros que quieren mantener sus prebendas; que suban los pasajes, no haya competencia y que baje el precio del diésel: que los pasajeros paguen la cuenta.

El juego del atavismo es precisamente ese: ¡que el vecino pague la cuenta! Es un lobo oligárquico disfrazado de cordero de pueblo. Es retrógrado y rivaliza en egoísmo con la más despreciable plutocracia. Si la actitud de los que entienden el daño que se causa es la de quedarse callados, entonces están reunidas las condiciones para que la república atávica permanezca tal cual y mantenga una retorcida imagen.

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