Francisco Swett: Al maestro: ¡con cariño!

Es lo que el tiempo no se llevó, aun cuando el mundo y este mismo habitáculo que nos alberga haya cambiado y sea irreconocible para quien tuviese la capacidad de regresar del más allá’.

La muerte de Xavier Benedetti marca el paso de una época. Para quienes la vivimos, fueron tiempos que amasaron memorias y experiencias que forman parte de lo que uno es. Es lo que el tiempo no se llevó, aun cuando el mundo y este mismo habitáculo que nos alberga haya cambiado y sea irreconocible para quien tuviese la capacidad de regresar del más allá.

La generación a la que se perteneció, la que le precedió y tal vez una anterior, ya antigua cuando los de mi camada recién dábamos los primeros pasos, fueron y son gentes con sentido de pertenencia, de caballerosidad y damas de talante. Si hoy nosotros somos personas mayores, los que restan de aquellos tiempos son ancianos venerables, muchos de ellos en sus plenos cabales, activos aún, y con las neuronas bien sincronizadas para conservar su persona.

Xavier fue mi maestro de Historia en cuarto curso de secundaria. Admito que el gusto que tomé por esa disciplina, mi favorita, lo afiancé en sus clases acerca de la historia europea. Recuerdo claramente las discusiones que teníamos acerca de la Reforma de Lutero, discutiendo los dogmas y la presencia vaticana en el Alto Medioevo, que dio paso a las protestas por el cobro de indulgencias; peajes que hoy sobreviven no para edificar templos para la gloria de Dios sino para llenar los bolsillos de rufianes de ambos sexos que se treparon a lo alto del palo ensebado de la política nacional.

Posteriormente, se labró una amistad que duraría por otras seis décadas, basándonos en la discusión de temas de interés común, incluyendo los artes de la retórica y la oratoria.

En mi percepción, poseía uno de los más finos sentidos de la ironía para argumentar sus puntos de vista. Poseía la dote de disciplina verbal y capacidad para construir discursos y editoriales a diario como producto de su experiencia, de lo actual y de lo deseado.

Su sonrisa la dibujaba fácilmente, pero jamás lo oí reír “con ganas”, como se dice vulgarmente. Era, y se lo repetía yo muchas veces, un soñador a tiempo completo. Su mensaje era consistentemente positivo acerca de las potencialidades del Ecuador, por sus recursos y su gente.

Tenía una gran capacidad de convocatoria en la radio y se codeó de tú a tú con todos los actores de la política, que respetaban su intelecto.

Su imagen dibujaba a un señor vestido de guayabera, oteando el paso con la mirada fija, y con las manos enlazadas en la espalda. Vivió su vida con la parsimonia de elegancia y serenidad que le caracterizó. No entendía los detalles de la economía, pero capturaba sin problemas, los panoramas amplios de los conjuntos.

La mejor forma de honrar el paso de una vida es celebrarla, no con fanfarria o frases huecas y oraciones pregrabadas, pero sí con reflexiones. Es una costumbre ajena a los rituales funerarios crecientemente rutinarios y decantados hasta la insipidez. Por ello escojo la opción de celebrar la vida del amigo y temprano maestro, del relator por excelencia y señor honorable.

En forma imperceptible, al igual que la fuerza gravitacional que atrae la materia, quienes marcaron su paso con relevancia, atraen e influencian la manera de pensar y de ver la realidad de aquellos con quienes interactúan. Xavier Benedetti es un tal personaje.

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