Elizabeth Cabezas: Una vacuna para la indolencia

Al año exacto de que el Ecuador fue impactado por la pandemia COVID 19, inicia un proceso de vacunación lleno de cuestionamientos técnicos y éticos que nos sumen en una profunda tristeza y frustración. Hoy, quiero compartir con ustedes mis reflexiones sobre los hechos que más allá de estas irregularidades, reflejan una sociedad ausente de la realidad y alejada de las preocupaciones que envuelven a millones de ecuatorianos.

Una pareja de jóvenes estudiantes de medicina de tercer año de la Universidad Católica de Guayaquil, valiéndose de que el padre de uno de ellos era funcionario público del hospital Teodoro Maldonado Carbo accedieron a la vacuna sin ser personal de la primera línea de médicos. Este ejemplo evidencia que hay sectores de la sociedad que carecen de sentido de la responsabilidad social. Ni los jóvenes, ni sus mayores expresan mínima preocupación por las consecuencias legales, éticas y menos aún por las secuelas del escarnio público.
Pocos días después, se exhibe por redes sociales un evento en un conocido club privado en Samborondón, en el que con música en vivo y ambiente festivo se llevaba a cabo la inmunización de sus socios, mientras miles de ecuatorianos luchaban por inscribir a sus adultos mayores en un proceso digital que colapsó segundos después de abrirse al público. Millones de ciudadanos disciplinadamente se acogen al procedimiento establecido y esperan pacientemente el turno para su vacunación, mientras un puñado de personas hacen gala de sus privilegios y enrostran a la sociedad que en este país hay ciudadanos de primera, de segunda y de tercera.

Estas escenas se suman a la apresurada vacunación de la madre del ministro, a las suspicacias sobre una lista de vacunados VIP, que se impuso a la prioridad de quienes llevan meses jugándose la vida por los demás en la primera línea de salud, eventos que determinaron la abrupta salida – del gobierno y del país – del ex ministro Zevallos.

Ecuador tiene grandes brechas sociales y económicas que originan muchos de los problemas del país, reducir esta brecha debería ser un objetivo común de la nación. La pobreza, la exclusión, la inequidad, son enemigos comunes que debemos derrotar en unidad; pero esta unidad no es posible si nuestros signos de identidad son la indolencia y el abuso.

El país se divide cada vez más, la poca conciencia colectiva de algunos, que gozan de beneficios y que los exhiben sin pudor, humillando a una mayoría de ciudadanos que intentan sobrevivir a sus duras realidades con civismo, honestidad y humildad. Así, las diferencias sociales se convierten en una grieta política, en confrontación social y violencia.

Este año de pandemia la muerte nos marcó, vimos con tristeza los miles de negocios y empleos que se perdieron, nos emocionó el esfuerzo sobrehumano del personal de salud. Todo esto debió sensibilizarnos, unirnos, y hacernos entender que el bienestar del país depende de que seamos ordenados y responsables y de que actuemos con solidaridad.

La vacuna llegó para evidenciar las severas deficiencias en la política pública, pero también para desnudar una sociedad fragmentada e insensible. Lo que debió ser un motivo de alegría y esperanza se convirtió en un nuevo golpe a la sociedad agotada de la crisis.

Ojalá llegue pronto la vacuna contra la indolencia que nos inmunice contra el virus de la indiferencia para construir una sociedad verdaderamente sana y justa.

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