32 palabras se necesitan para decir Arroz Verde

Mate, albino, plateado, porcelana, azabache, morcillo, peceño, perla, bayo, dorado, castaño, boyuno, alazán, vinoso, tostado, bronceado, ratonero, lobero, cervuno, tordillo, overo, ruano, sabino, pinto… La literatura gauchesca argentina del siglo XIX recoge más de treinta palabras para designar colores de caballos: un dato sorprendente para el urbanita contemporáneo.

En cambio, esos mismos gauchos, una vez que desplazaron a los indios pampas a quienes ayudaron a masacrar y establecieron una cultura mestiza en la interminable llanura argentina, se bastaban con tres palabras para designar a todas las plantas existentes: árbol, arbusto y hierba. En el otro extremo del continente, Franz Boas, uno de los precursores de la antropología y el primero en estudiar las costumbres de los esquimales (propiamente llamados inuit), enumeró casi cincuenta términos que utilizaban estos habitantes del hielo y de las nieves árticas para nombrar los distintos matices del blanco. ¡Cincuenta! Todos intraducibles. Los etnolingüistas se sirven de ejemplos de este tipo para explicar cómo el entorno determina el lenguaje y el vocabulario.

A juzgar por sus particularidades lingüísticas, la burocracia ecuatoriana es un segmento de la población tan digno de estudio como la más exótica de las tribus. María Azul Romero, una abogada especialista en anticorrupción, ha inventariado parte de su vocabulario, no menos sorprendente que los ejemplos mencionados. El día en que la Asamblea debatía las reformas al Código Penal, ella fue invitada para exponer sus propuestas. Ahí, con el fin de “captar la atención” de los asambleístas -reto difícil de lograr pero que ella superó con creces- desplegó la lista de los términos empleados en el servicio público para referirse a los sobornos: Coima, mordida, tranza, aceitar, hacer el egipcio, cometa, matraca, untar, propina, poner el Diego, bajarse la mula, guante, mochala, lo mío, lo suyo, botella, dádiva, moche, p’al chasco, cómo vamos ahí, chanchullo, maicear, por lo bajo, diezmo, peaje, matraqueo, chayote, fafa, maraña, incentivo, curra, grasa…

Alcanzó a nombrar 32 y dijo que había más. De donde se desprende que el soborno, en el Estado ecuatoriano (y en el sector privado con el que este se relaciona), es una realidad tan natural como el hielo para los esquimales y tan importante como el caballo para los gauchos. Esto no es una suposición. Es una conclusión etnográfica incontrastable.

En la lista de María Azul Romero hay expresiones incomprensibles, de origen incierto, y otras tan claras que vale la pena detenerse en ellas. Al menos una era de sobra conocida por los asambleístas que la escuchaban: “Diezmo”. ¿Y las demás? “Aceitar” y “untar”, por ejemplo, son metáforas mecanicistas: el soborno es la grasa que se unta en los engranajes de la maquinaria para que las piezas funcionen como es debido. Sin aceite (y esto es fácilmente comprobable), cualquier trámite termina trabándose en cualquier oficina. Por eso “Peaje”: el que quiere pasar, que pague.

“Incentivo” retrata la disposición moral con que se entrega el servidor público a su trabajo: hay que estimularlo para que cumpla. “Maicear” da la idea de esparcir el grano para que se alimenten las gallinas. “Guante” alude a la necesidad de hacerlo sin dejar huellas. “¡Qué asco da cierta gente que todo lo hace con guantes! Incluso los hijos y los millones”, exclamaba un personaje de Cesare Pavese. Aquí nadie le hace feos.

Si “Por lo bajo” da cuenta de una actitud vergonzante de quien recibe o entrega un soborno, los términos “Lo mío” y “Lo suyo” representan una declaración de principios rigurosamente opuesta: son la orgullosa proclamación de un derecho. En el campo de la lógica se conoce como argumento axiomático a aquel que no necesita demostración.

Ejemplo: todos los ángulos rectos son iguales. Los argumentos axiomáticos son propios de las ciencias exactas. Sin embargo, a lo largo de la historia los ha habido de naturaleza política y profundo impacto social: axiomas que se imponen por la fuerza de los hechos y movilizan multitudes. “La tierra es de quien la trabaja”, decía Emiliano Zapata. La plata pública es de quien la tramita, dicen los burócratas del correísmo. “Lo mío”, “Lo suyo”: convicciones basadas en axiomas. No necesitan comprobación.

“Cómo va la cosa” debe ser la más retorcida de las expresiones contenidas en la lista. “La cosa” hasta podría escribirse con mayúsculas. En un entorno (el del servicio público) donde hay tantas cosas por resolver y tantos procesos en marcha sobre los cuales averiguar, el simple hecho de que exista una expresión que lo dé todo por sentado es una demostración de la prioridad absoluta que se concede al soborno: La Cosa. La única Cosa. María Azul Romero añadió un dato etnográfico nada desdeñable: la frase “Cómo va la cosa” suele ir abreviada por sus siglas: CVC. Expresión última del sobreentendido.

Resulta tan fácil imaginar a cualquier alto (o altísimo) funcionario de Obras Estratégicas del correísmo (póngale nombre el lector) telefoneando a uno de los contratistas de la Refinería del Pacífico, por ejemplo, para averiguarle: ¿Y? ¿CVC? ¿Cómo va la cosa? Al escuchar esta pregunta, el contratista sabe de inmediato que no se le está interrogando sobre el estado de las obras en El Aromo, ese está como tiene que estar, en la nada, con el terreno aplanado y los plazos corriendo, sin misterio. No. Se le está averiguando por lo que de verdad importa, por el objeto mismo del negocio y del contrato: por La Cosa. Es decir: la propina, la cometa, la matraca, el chayote, la botella, la maraña… En fin: el Arroz Verde.

Arroz Verde es el Lava Jato criollo. Probablemente harta de tantos eufemismos, la fiscal general del Estado, Diana Salazar, decidió cambiarle de nombre. Un día se presentó ante la Comisión de Fiscalización de la Asamblea, que la había requerido para que explicara sobre el estado de las investigaciones, y dio a conocer la nueva nomenclatura: “De ahora en adelante -dijo-, lo llamaremos Caso Sobornos 2012-2016”. Encomiable actitud la suya, de llamar a las cosas por su nombre, sobre todo cuando se trata de un robo a gran escala. Porque un robo no es una propina, ni un incentivo, ni un peaje. Un robo es un robo. Sin embargo, el nombre original de la operación, el que le pusieron los propios ladrones, es mil veces más revelador y significativo. ‘Arroz Verde’ podrá ser un eufemismo, una cortina de humo para ocultar la crudeza de los hechos, un síntoma de hipocresía y todo lo que se quiera, pero pinta de cuerpo entero el desparpajo y la codicia con la que operaron los integrantes de esta mafia.

¿Por qué Arroz Verde? ¿Verde como el partido de gobierno, el color del que pintaron la república? ¿Verde como la esperanza, aquel bien intangible del que Rafael Correa decía y repetía, sábado tras sábado, que era lo único que no debíamos dejar que nos robasen nunca?

No. Verde como los billetes de una economía dolarizada, verde color dinero. Y arroz: la base de la alimentación de los ecuatorianos. “Nuestro pan”, escribió Enrique Gil Gilbert: la novela de los campesinos costeños que cultivan esta gramínea para que otros se enriquezcan. “Otla vez aloz”, dice el viejo chiste de los chinitos para significar que aquí no se come de otra cosa. Y el habla popular ecuatoriana, para referirse a algo que abunda, recoge la expresión “como arroz”. Arroz en plato de albañil: en grandes cantidades.

Traduciendo: Arroz verde significa dólares por montones. Dinero a espuertas, o sea: en canastas. Plata que alcanza para todos. Tanta plata que hubo que inventarse 32 palabras para abarcarla toda.

Palabras que tapan y revelan

El diccionario define al eufemismo como la “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. La palabra “soborno”, por ejemplo, suena feo, asusta y, para colmo, es delito. Para evitarla, los corruptos ecuatorianos se han llenado de eufemismos. Con ellos consiguen ocultar la crudeza de la realidad. Pero se retratan de cuerpo entero.

Fuente: expreso.ec