En Ecuador, Réplicas Políticas

Quito , Ecuador – El terremoto que sacudió a Ecuador el sábado 16 ha demostrado ser el más destructivo en casi siete décadas y ha causado la peor catástrofe humanitaria aquí en la memoria . Las cifras oficiales registran más  de 577 muertos , pero de acuerdo a los cientos de voluntarios en la zona del desastre , hay muchas más víctimas mortales aún no contabilizadas . Pueblos enteros han sido destruidos , y las fotografías que circulan en las redes sociales se asemejan a escenas del terremoto de 2010 en Haití.

El terremoto es histórico no sólo por la magnitud de la destrucción y el sufrimiento humano, sino también por dar lugar a la movilización más impresionante de la sociedad civil en Ecuador que puedo recordar. El país se ha convertido en un enorme centro de acopio, y en casi todos los barrios, en ciudades grandes y pequeñas, hay puntos de recolección para las donaciones de ropa, alimento y mantas.

Muchas personas se han unido al esfuerzo de ayuda que en algunos lugares, se ha pedido dejar de enviar voluntarios. Los medios sociales se han convertido en el canal de los ciudadanos para la mensajería sobre las ofertas de ayuda o llamadas de socorro: todo, desde medicina y colchones a agua potable y juguetes para niños, e incluso cal para cubrir los cadáveres enterrados a toda prisa de sus seres queridos.

Lo llamativo de esta gran operación humanitaria es que esto ha empujado al estado a un papel secundario . Esto puede ser normal en otros paises , pero en Ecuador se trata de un acontecimiento enormemente significativo.

Durante los nueve años en función del Presidente Rafael Correa, el Estado se ha convertido en el árbitro de casi todos los aspectos de la vida aquí. El señor Correa, un economista educado en Estados Unidos, es un enemigo declarado de cualquier organización de sociedad civil que no se adhiere a la visión de su gobierno de poder centralizado, de arriba hacia abajo. Nunca pierde la oportunidad de criticar a las organizaciones no gubernamentales que no están alineadas con su política, e incluso ha cerrado aquellos que incurren en su desagrado.

Ahora son muchos los que quieren estar seguros que lo que están donando no va a terminar en manos de las agencias estatales. Uno de los principales miembros de la Cámara de Comercio de Quito, la capital, anunció el miércoles 21 que el grupo estaba considerando crear un fondo para la reconstrucción que sería administrado exclusivamente por el sector privado. Tal es la desconfianza en el gobierno que incluso el alcalde de la ciudad de Guayaquil, Jaime Nebot, que es de oposición, tuvo que apelar a la gente para entregar sus contribuciones a las agencias estatales especializadas.

El viernes 15 , el día antes del terremoto , en una conferencia en el Vaticano , el señor Correa llamó a la sociedad civil una amenaza para la democracia . Lo que el Sr. Correa nunca se imaginó es que la sociedad civil que él había descrito como tan amenazânte , pocos días después, organizó la mayor operación humanitaria en la historia del país.

Los primeros indicios de este movimiento popular se pusieron de manifiesto a las pocas horas del terremoto en una protesta pública por la falta de información, e incluso la desinformación, del gobierno. La agencia de gobierno a cargo de las operaciones de rescate del desastre publicó un mensaje en twitter que advirtió, erróneamente, de un riesgo de tsunami. Minutos más tarde, el twitter fue bajado, pero la confusión causó el pánico generalizado.

El terremoto reveló que el vasto y costoso aparato de medios oficiales trabaja perfectamente cuando se trata de la producción de la propaganda del gobierno, pero fue prácticamente inútil para proporcionar información vital para el pueblo en una crisis.

Este desastre ha golpeado al país en un momento de vulnerabilidad económica . Con el precio del petróleo – una materia prima clave que apoya los ingresos del Estado – tan bajo , que el gobierno se ha visto obligado a pedir préstamos , en particular de China , simplemente para pagar a los proveedores estatales y salarios .

Las perspectivas no son buenas . El Fondo Monetario Internacional predijo recientemente que la economía de Ecuador se contraería un 4,5 por ciento en 2016 ; por la mayoría de medidas , en toda América del Sur , solamente Venezuela , tiene una perspectiva peor.

Según el presidente Correa , los gastos impuestos por el terremoto podrían ser  3 mil millones de dólares, lo que representa aproximadamente el 3 por ciento del producto interno bruto . Esto es probablemente un subestimo. Un ex ministro de Economía , Mauricio Pozo , estimó el costo de los daños a no menos del 5 por ciento de G.D.P.

Estas noticias son en particular difíciles para el Sr. Correa, que todavía tiene más de un año en función. Las finanzas del gobierno ya estaban en un lío, pero ahora podrían forzar al presidente a buscar la ayuda de organizaciones como el Fondo Monetario Internacional que él desprecia por razones ideológicas.

Pero ese no es el único problema. La gente que ha estado trabajando en las calles llenas de escombros desde el terremoto no ha olvidado que el Sr. Correa siempre criticaba la idea de la creación de un ahorro financiado por excedentes de los ingresos del petróleo. Incluso liquidó los creados por gobiernos anteriores, diciendo simplemente que beneficiaron el sistema bancario internacional y que era mejor gastar el dinero para proyectos. Ahora, con el país al borde de bancarrota, la gente se pregunta por qué Ecuador no tiene un fondo de ahorros como el que Chile había construido con los ingresos de su industria de cobre, un fondo que ayudó a proveer más de 25 mil millones de dólares necesarios para cubrir los gastos de reconstrucción después del mayor terremoto en 2010.

El terremoto no fue el único fenómeno natural que amenaza el futuro de Ecuador. El volcán Cotopaxi cerca de Quito está activo en este momento; una gran erupción podría causar un desastre mucho peor que este sismo.

¿El país está listo a enfrentarse con tal acontecimiento? El Sr. Correa dice que sí.  Pero está claro que no. Por ahora,  lo que vemos es que la sociedad civil está haciendo el trabajo para el cual el gobierno no estuvo preparado.

INGLÉS

Quito, Ecuador — The earthquake that shook Ecuador last Saturday has proved to be the most destructive in nearly seven decades and has caused the worst humanitarian catastrophe here in memory. Official figures recordmore than 577 dead, but according to the hundreds of volunteers in the disaster zone, there are many more fatalities not yet accounted for. Entire villages have been destroyed, and the photographs circulating on social media resemble scenes from the 2010 earthquake in Haiti.

The earthquake is historic not only for the magnitude of the destruction and human suffering, but also for giving rise to the most impressive mobilization of civil society in Ecuador I can remember. The country has become one huge relief center, and in almost every neighborhood, in towns large and small, there are collection points for donations of clothing, food and blankets.

So many people have joined the aid effort that in some places, they have been asked to stop sending volunteers. Social media has become a citizens’ channel for messaging about offers of help or calls for relief: everything from medicine and mattresses to drinking water and toys for children, and even powdered lime to cover the hastily buried corpses of loved ones.

What is striking about this huge humanitarian operation is that it has pushed the state into a secondary role. This may be normal in other countries, but in Ecuador this is an immensely significant development.

During President Rafael Correa’s nine years in office, the state has become the arbiter of almost every aspect of life here. Mr. Correa, an American-educated economist, is a declared enemy of any civil society organization that doesn’t adhere to his government’s vision of centralized, top-down power. He never misses an opportunity to criticize nongovernmental organizations that are not aligned with his politics, and has even closed down those that incur his displeasure.

Many people now want to be sure that the stuff they’re donating will not end up in the hands of state agencies. One leading member of the chamber of commerce in Quito, the capital, announced Wednesday that the group was considering creating a fund for reconstruction that would be managed exclusively by the private sector. Such is the distrust of the government that even an opposition mayor, Jaime Nebot, from the city of Guayaquil, had to appeal to people to hand over their contributions to the specialized state agencies.

Last Friday, the day before the earthquake, at a conference at the Vatican, Mr. Correa called civil society a threat to democracy. What Mr. Correa never imagined is that the civil society he had described as so menacing would, just days later, organize the largest humanitarian operation in the country’s history.

The first signs of this popular movement became apparent within hours of the quake in a public outcry over the lack of information, and even misinformation, from the government. The government agency in charge of disaster relief posted a message on Twitter that warned, wrongly, of a tsunami risk. Minutes later, the tweet was taken down, but the confusion caused widespread panic.

The earthquake revealed that the vast and expensive official media apparatus worked perfectly when it came to producing government propaganda, but was next to useless at providing vital information for people in a crisis.

This disaster has hit the country at a moment of economic vulnerability. With the price of oil — a key commodity supporting state revenues — so low, the government has been forced to borrow heavily, in particular from China, simply to pay state providers and salaries.

The prospects are not good. The International Monetary Fund recently predicted that Ecuador’s economy would shrink 4.5 percent in 2016; by most measures, in all of South America, only Venezuela has a worse outlook.

According to President Correa, the costs imposed by the earthquake could be as much as $3 billion, which represents about 3 percent of gross domestic product. This is probably an underestimate. A former finance minister, Mauricio Pozo, put the cost of the damage at no less than 5 percent of G.D.P.

This news is particularly awkward for Mr. Correa, who still has more than a year in office. The government finances were already in a mess, but now the president could be forced to seek assistance from organizations like the I.M.F. that he despises for ideological reasons.

But that’s not the only problem. The people who have been out working in the rubble-filled streets since the earthquake have not forgotten that Mr. Correa has always criticized the idea of creating savings funds financed by surpluses from oil revenues. He even liquidated those set up by the previous government, saying that they merely benefited the international banking system and that it was better to spend the money on projects. Now, with the country on the brink of bankruptcy, people are asking why Ecuador doesn’t have a savings fund like the one Chile had built up with revenues from its copper industry, a fund that helped to provide the more than $25 billion needed to cover the costs of reconstruction after a major earthquake in 2010.

The earthquake was not the only natural phenomenon threatening Ecuador’s future. The Cotopaxi volcano near Quito is active right now; a major eruption could cause a disaster far worse than this quake.

Is the country ready to cope with such an event? Mr. Correa says it is. But it’s clear that it’s not. For now, what we see is that civil society is doing the work that the government was not prepared for.