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Francisco Swett: ¡Tú eres Guayaquil!

Fue el cumplido que le ofrecí a un querido y respetado amigo, José Antonio Gómez Iturralde, quien acaba de pasar a ser parte de la historia de esta tierra que él tanto amó. Amable y risueño como siempre, me contestó, “es la lisonja más grande que he recibido en mi vida”. No obstante su contenido retórico, es una frase que define a un ciudadano de nota. Su presencia me hacía recordar al guayaquileño de todos los tiempos, José Joaquín de Olmedo quien, con la fuerza de su talento y su modo tranquilo de actuar, forjó un sentimiento de nación, liderando la independencia de la Provincia Libre de Guayaquil, precursora y liberadora de lo que es hoy el Ecuador.

Para ser ciudadano cabal hay que tener presencia y constituirse, con ejemplo de vida, en modelo y referente. En broma y en serio le decía “cuando sea grande, quiero ser como tú”. Y, ¿por qué? Pues porque nos enseñó acerca de los orígenes remotos de lo que somos y de la presencia española luego devenida en cultura local. Porque describió con singular sentimiento de pertenencia a su terruño; compartió anécdotas que enriquecen la imaginación; e identificó a los personajes guayaquileños que figuraron como referentes intelectuales, políticos y productivos.

Cuando el Archivo Histórico del Guayas, luego de la muerte de Julio Estrada, otro aguerrido defensor de Guayaquil, estaba en riesgo de desaparecer o ser engullido por intereses mezquinos, él fue artífice de su rescate y revalidación. En forma rigurosa y documentada desarmó la mitología y fábula que quiere construir una narrativa fantástica de lo que es el Ecuador, poniendo de relieve el lugar preponderante que el patronímico de guayaquileño – que es de todos quienes se sienten como tales – tiene en nuestro país.

Fue, al igual que todo leal patriota, orgullosamente regionalista, término que denota apego profundo a lo que de uno es y no una condición negativa de rechazo a lo que no es de uno. Si hoy nos domina la zozobra, esto no ocurre por causa del regionalismo, sino por la depredación inmisericorde que sucesivos gobiernos centralistas le han irrogado a los ecuatorianos, condenándonos a vivir en el subdesarrollo y ahogados por la corrupción. José Antonio concebía, como muchos de nosotros, a un Ecuador federal, una sola nación fuerte donde cada localidad es dueña de su destino pero se siente parte de un todo, sin la tutela de burocracias extrañas y prejuiciadas, ni exacciones abusivas de impuestos para sustentar la mala práctica económica.

Cuando otros se acogen al descanso, José Antonio decidió descubrir, junto con otros notables guayaquileños, quiénes somos. Su diligente trabajo permitió ampliar las fronteras del conocimiento más importante: el de uno mismo, colectivamente hablando. Su disciplina, su afable manera de ser que contrastaba un tono suave de voz con un temperamento definido. Sus ideas claras, sus decenas de libros, los múltiples artículos en Memorias Porteñas, las eruditas incursiones que hacía en su blog y las gratísimas estampas e imágenes de la antigua ciudad que compartió en Twitter, nos hicieron mejores.

Es, por todos sus atributos, identificado como guayaquileño de estirpe, cuyo pensamiento perdurará como referente de nuestra historia.

Fue, al igual que todo leal patriota, orgullosamente regionalista, término que denota apego profundo a lo que de uno es y no una condición negativa de rechazo a lo que no es de uno’.

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