Francisco Swett: Historia pasada, relevancia presente

En entrevista publicada en este diario, el expresidente Osvaldo Hurtado aseveró que el equipo económico de León Febres-Cordero siguió los lineamientos de la política que él, Hurtado, instauró. Toda vez que fui ministro de Finanzas durante el período agosto 1984 a junio 1986 debo aclarar, por buen orden histórico, que tal aseveración carece de fundamento.

El Osvaldo Hurtado de hoy es muy diferente al de los ochenta y me alegro que lo sea. Ha tenido la entereza de reconocer la superioridad de la economía de mercado sobre el dirigismo que él propulsó cuando fue gobierno. Sin embargo, su afirmación implícita de que nos dejó la “mesa servida” carece de sustento. Tan atrapado estaba su gobierno en atavismos ideológicos comprobadamente falsos que la herencia recibida por nosotros el 10 de agosto de 1984 consistió en controles de precios, sobrevaloración del tipo de cambio, represión financiera, una carga de deuda mayor que el tamaño de la economía, reserva monetaria negativa, un aparato productivo desolado por la destrucción de El Niño de 1982-83 y una severa distorsión del precio de los combustibles con galón de gasolina equivalente a 20 centavos de dólar. Eran las consecuencias del populismo económico que él practicó.

Seguidor del “estructuralismo cepalino”, Hurtado mantuvo una economía con tipo de cambio fijo hasta el 13 de mayo de 1982; impuso un régimen de represión financiera que ha vuelto a reaparecer en detrimento de una eficiente intermediación; reprimió la inflación sobrevalorando la moneda y causó una redistribución masiva de ingresos de productores a consumidores. Nuestra estrategia, por el contrario, se basó en la consecución de crecimiento sustentable y, como consecuencia de ello, la restauración de un fisco que estaba hecho añicos. Los correctivos fiscales instaurados (corrección de los precios de los combustibles y subida del ITM) fueron compensados con la subida del Sueldo Mínimo Vital y complementados con la refinanciación integral de la deuda pública (plurianual y con reducción de costos) y programas crediticios de multilaterales que permitieron viabilizar una ejecución presupuestaria que privilegió la inversión pública en la reconstrucción de la infraestructura de puentes y carreteras destrozadas por El Niño, en la dotación de recursos a la agricultura, la liberalización del comercio, y la atracción de la inversión externa e inicio del Plan Techo. No esperamos dos años o más para llevar a cabo la estrategia pues en 20 días habíamos ejecutado las políticas de corrección de las distorsiones de precios, tipo de cambio e intereses y habíamos concluido, además, la renegociación de la deuda que el gobierno de la DP nunca logró. Los resultados de 1985, que hoy forman parte de la historia, lo hicieron el mejor año de la década pues logramos crecer al 4,2 % y tener un superávit en las cuentas del sector público consolidado del 2 % del PIB.

Que hubo reveses y calamidades extremas, y se cometieron errores en algunas de las decisiones tomadas en las postrimerías del gobierno de León es innegable. No obstante ello, mantengo mi punto: que el mantenimiento de la verdad histórica es parte integral de la honestidad intelectual en la discusión política.

Fuente: EXPRESO