Sistema quebrado, irreparable

Lo que Montesquieu tenía en mente cuando escribió El espíritu de las leyes, no guarda relación con la práctica de la democracia ecuatoriana. El voto obligatorio, la falta de ética reflejada en las encuestas, la incompetencia manifiesta de la autoridad electoral y la falta de representatividad del Legislativo son reflejos de un sistema quebrado que no admite reparación.

Esgrimiendo el argumento de que el voto optativo favorece a la oligarquía, se obliga a los ciudadanos a votar sobre temas que están más allá de su comprensión haciéndolos, además, presas del populismo. El sufragio es un derecho ejercido en democracia libre; su naturaleza se desvirtúa cuando pasa a ser un deber impuesto para cumplir con la tramitología que erige barreras artificiales para sembrar la corrupción. El voto optativo es ejercido por electores de cualquier origen, quienes escogen a los candidatos que, según su criterio, los representan. El voto obligatorio, en cambio, aliena a quienes por convicción o ignorancia votan nulo o en blanco.

Respecto de las encuestas que miden lo mismo con resultados totalmente diferentes, las discrepancias revelan la violación intencional de la fe pública con números y gráficos inventados. Se engaña produciendo cifras falsas que atienden los requerimientos particulares de los clientes, presentando como cierta información inexistente. Es una práctica corrupta que prostituye la democracia.

La actitud del CNE es deplorable. Los artífices de fraudes de épocas recientes siguen ocupando los mandos operativos. Los “apagones y caídas de páginas” desterrados hace décadas (no obstante la tecnología más elemental de aquel entonces) son ahora parte de la rutina. Las imágenes de los que trafican con votos y actas provocan repugnancia. El diseño de la elección para los candidatos al Cpccs refleja una alarmante carencia de cultura política. La violación del principio constitucional de que todos “los votos son iguales” llevó al absurdo de culipandear alrededor de cómo se debería hacer el contaje de los votos nulos en una elección de candidatos individuales. Es aritmética de primer grado, pero falló debido a la contaminación de la politiquería que asoma cada vez que se trata temas de fondo.

Finalmente, el Legislativo no representa la voluntad popular. Sus miembros son escogidos por los dueños de los partidos, presentados en plancha y seleccionados por el método D’Hondt reformado con la adopción de, una práctica mañosa y deshonesta que fuera escogida para que RC, con menos del 50 % de los votos, se apoderase de la mayoría absoluta de representantes. La calidad de los debates refleja las limitaciones de asambleístas ideológicamente sumisos, muchos con vocación de borregos y algunos de ellos practicantes de la corruptela de los diezmos. La Asamblea nos cuesta cara y no se justifica en su forma presente. El número de legisladores debe ser una tercera parte de los actuales, hay que subir los estándares de selección, bajar el número de agrupaciones políticas a su raíz cuadrada y retornar al bicameralismo, para reemplazar al Cpccs.

Son temas para la conceptualización de una Nueva República cuyo momento ha llegado.

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