Un solo ataque de Corea del Norte enviaría 350 toneladas de explosivos a Seúl

No se discute el resultado. Estados Unidos destina a defensa más que la suma de los siete países siguientes, Corea del Sur ocupa el puesto 11 en la clasificación militar mundial y Corea del Norte apenas el 23. Pero sería una victoria sudada y dolorosa, la más cruenta desde, precisamente, la Guerra de Corea (1950-1953). “Una guerra catastrófica, especialmente para mucha gente inocente en algunos de nuestros países aliados”, asumió recientemente el secretario de Defensa, Jim Mattis. “Es una guerra que no deseamos”, añadió.

Los expertos llevan años imaginando el escenario bélico. La respuesta norcoreana a una agresión estadounidense vendría de las 21.000 piezas de artillería (obuses, morteros y lanzaderas de misiles), muchas de las cuales están repartidas por la frontera. Desde ahí, apenas tardarían 45 segundos en cubrir los 50 kilómetros que los separan de Seúl. Gran parte de la artillería norcoreana es vieja, casi obsoleta, pero aún eficaz.

Una sola ronda podría enviar a la capital surcoreana más de 350 toneladas de explosivos, una cantidad similar a la que pueden cargar 11 bombarderos B-52. Defenderse de esa lluvia se antoja complicado. Estados Unidos ha invertido 200.000 millones de dólares en escudos antimisiles desde que Ronald Reagan soñara con un blindaje inexpugnable en la Guerra Fría, pero los resultados son aún discretos. Algunos de los sistemas se alejan mucho de la eficacia absoluta en pruebas realizadas en óptimas condiciones y es seguro que sería menor en un escenario bélico.

El río Han y las barreras montañosas que encorsetan la ciudad dificultaría la evacuación de los 25 millones de habitantes. La ciudad cuenta con 3200 de los 19.000 refugios subterráneos del país, pero están en pobres condiciones de mantenimiento y muchos ciudadanos ignoran su ubicación.

También sería complicado inutilizar esa artillería. Muchas lanzaderas están escondidas en alambicadas redes de túneles o camufladas en frondosos bosques. Serían necesarias al menos dos semanas de tenaces bombardeos para acabar con ellas, según el general retirado Mark Hertling. Seúl o Tokio podrían haber sido ya descuartizadas por los misiles norcoreanos si los líderes acorralados los hubieran cargado con armas nucleares o algunos de los múltiples agentes químicos que almacenan. Dice la ciencia militar que los ejércitos con pocas armas nucleares deben utilizarlas cuanto antes para sacarles provecho.

“Sería muy difícil que Estados Unidos destruyera completamente con un ataque preventivo todas las armas nucleares, misiles y piezas de artillería convencional. Corea del Norte se ha esforzado durante décadas en esconderlas y en proteger sus centros militares clave en instalaciones excavadas a mucha profundidad. Existe un gran riesgo de que Corea del Sur, Japón y Estados Unidos sufrieran un contraataque catastrófico”, señala Tong Zhao, experto de Seguridad del centro Carnegie-Tsinghua.

Y tras los bombardeos llegaría la invasión, nunca inferior a dos meses. No sería la plácida conquista de Iraq, con un país semidesarmado, con divisiones étnicas y de orografía anodina. En Corea del Norte espera una población fanatizada y educada desde la cuna en el odio al diablo estadounidense, armada hasta los dientes y protegida en sus montañas.

Los dos bandos desean desenlaces rápidos. Corea del Norte, porque sabe que su inferioridad la obliga a infligir en los primeros momentos una mortandad tan inasumible que obligue al enemigo a detener el combate. Y Estados Unidos y Corea del Sur, porque recuerdan que durante los tres años que duró la Guerra de Corea murieron 2,7 millones de coreanos, 33.000 estadounidenses y 150.000 chinos.

Fuente: La Nación, GDA