Los capitanes de la selección España no pudieron frenar el enfado de Rubiales

La noche en la residencia en la que España prepara el Mundial fue muy larga. El anuncio de que Julen Lopetegui era ya entrenador del Real Madrid cogió a casi todo el mundo con el paso cambiado. Luis Rubiales tuvo que cancelar su presencia en el Congreso de la FIFA y regresar de urgencia a Krasnodar. Su cara en el vuelo de vuelta a la ciudad en la que está alojada la selección española lo decía todo, como su primer mensaje al aterrizar: “Actuaremos de manera responsable”.

Las conversaciones en triángulo entre el presidente de la RFEF, Fernando Hierro y Lopetegui atrajeron las miradas de todos los que no estaban en sus habitaciones. Y eran muchos. El presidente era una fiera herida que tenía entre ceja y ceja la destitución del seleccionador, el desenlace final que nadie evitó.

Pero faltaba una pata en esa mesa, la que formaban los jugadores. Y ese era un factor que parecía decisivo. Los capitanes (Ramos, Iniesta, Silva y pesos pesados como Piqué, Busquets o Reina) expusieron a Rubiales la postura de los actores principales, los futbolistas. El mensaje fue rotundo: que no era momento de explosiones por el orgullo herido, que la selección no tiene la cadena de mando de un club para afrontar un relevo de ese tipo, que han venido a Rusia jugar una competición que es cada cuatro años y que puede ser la última opción para muchos de ellos de ganar un Mundial y que toda vez que la bomba ha estallado deje que sea el equipo el que trate de manejar los daños provocados. Ni por esas.

Rubiales apareció solo en la sala de prensa del Krasnodar a las 12.00 hora rusa, hora y media después de lo previsto. Su cara Sin Lopetegui a su lado como estaba previsto. No se frenó así la destitución. El monumental enfado del presidente de la Federación pudo más que el reclamo de los jugadores.