Giannina Maradona: “Salven al hijo de Agüero y a todos los chicos”

Mientras su papá está en Córdoba, él, desde Buenos Aires, lo ve por televisión en la casa de su mamá. Ella ya no tiene un vínculo amoroso con el padre de su hijo, pero el niño en común provoca que en la tele, a esa hora, no haya chance de ver otra cosa que no sea a su expareja junto a sus compañeros de trabajo.

Benjamín Agüero Maradona está predestinado a ser una estrella del fútbol por una sociedad ridícula que se descarga mucho más en las redes sociales por un penal errado que por una medida política que destruye la economía de un país. Así somos los argentinos. Pasionales. “¿Mirá si con ese apellido y esos genes no va a jugar al fútbol?”.

Cuando pierde la selección, el equipo que cada uno de nosotros habría puesto sin dudas hubiese goleado al rival. Cuando gana, “¿cómo no le vamos a ganar a ese equipito con estos jugadores? Hay que ganarle a Alemania”. Y así se transita el círculo vicioso que desata críticas descarnadas a un plantel de jugadores de fútbol que llegó a tres finales en dos años. Pero las perdió todas. Aunque antes ni se llegaba, ahora que se llega tampoco alcanza porque hay que ganar y probablemente cuando se gane una, si luego no se conquista el bicampeonato será un nuevo fracaso.

Papá Agüero erró un penal en la tele y frente a la pantalla, a Benjamín las lágrimas le empiezan a inundar la cara. Claro, los señores que comentan el partido critican su bajísimo nivel y de forma indirecta cuestionan su presencia en la selección. Paradójicamente, dos días antes el Kun aseguraba que la gente va a extrañar a estos jugadores cuando ya no estén en la selección. Hoy hay encuestas en las redes con esa frase y una victoria arrasadora del “no”.

Una madre se transforma en guerrera cuando ve sufrir a su hijo y con los dedos en llamas vuelca su furia en una pantalla táctil para que luego cientos de miles de personas sepan qué piensa la hija de Maradona y madre del hijo de Agüero sobre las críticas a su expareja. A ella no le importa si el Kun tiene que seguir en la selección, si debería ir de 9 y no de 10 o si en vez de abrir el pie tendría que haber pateado el penal de puntín. A ella, como a millones de madres anónimas las destruye ver a su hijo llorar porque el papá no tuvo un buen día en su trabajo y en la tele lo critican.

El técnico hizo mal los cambios, los jugadores no hicieron las cosas bien y gran parte del periodismo muestra su bajeza al esperar con la servilleta en el cuello el final del partido para salir a destrozar a todos. Se habla de un partido de fútbol con la misma vehemencia que sobre la corrupción e inseguridad, dos de los grandes males de la Argentina. El problema no es debatir si Agüero debe estar o no en la selección, sino la importancia que se le da a este juego devenido en negocio que es el fútbol.

Los periodistas endiosan a los jugadores de fútbol y los elevan a un pedestal del que, cuando caen, se parte en mil pedazos. Por eso no pueden salir a caminar solos por la calle, por el fanatismo desmedido la sociedad busca disminuir su malestar con una victoria o con una Copa del Mundo. No son eminencias cuando hacen un golazo ni tampoco los mejores seres humanos del planeta cuando juegan pésimo. Son simples jugadores de fútbol. Lo único que los diferencia de un oficinista es que salen por televisión y ganan por mes lo que el empleado ganará en toda su vida. Pero siguen siendo trabajadores, nada más que eso.

En lugar de ponerse tristes por una derrota de la Selección Argentina, Benja y todos los niños de su edad deberían llorar al ver que mientras comen una cajita feliz de Mc Donald’s hay uno como ellos revolviendo los tachos de basura en busca de algún pedazo de hamburguesa. Y de que eso no suceda, todos somos un poco culpables.